Por Jaime  Septién

Hace bien poco tiempo leí una declaración luminosa sobre la iniciativa del Papa Francisco de rezar, durante octubre, el Rosario, ponernos bajo el amparo de María e invocar a San Miguel para detener la acción del diablo, que vaga por el mundo buscando, afanosamente, nuestra alma.

La declaración era del Padre Francesco Bamonte, exorcista que lidera la Asociación Internacional de Exorcistas, y decía así: «Si el Papa Francisco insiste tanto en advertirnos contra la falta de caridad y misericordia es porque en estos frentes el diablo lo está haciendo bien (…) La invitación del Papa de dirigirnos a la Madre de Dios y a San Miguel no está motivada únicamente por el deseo de aumentar la devoción popular hacia ellos, sino por el hecho de que el Sucesor de Pedro reconoce y conoce las situaciones en las que es necesario invocar la intervención divina, ya que, contra la acción diabólica, las solas fuerzas humanas son completamente insuficientes».

En otras palabras, que las acciones del diablo frente a la Iglesia se dan donde falta la caridad, el perdón y la misericordia. Está clarísimo: cuando un laico, un religioso, una consagrada, un sacerdote «hacemos como que hacemos» el bien, lo que estamos haciendo es el bien, pero muy mal. Y el diablo ataca ahí, en el corazón de la incoherencia, haciendo lo que sabe hacer: el mal muy bien.

La convocatoria de Francisco es un llamado urgente a enfrentar al demonio cuidando la caridad, la misericordia y orando con el Rosario. Ser «rezandero» sin amor en el corazón por el prójimo, no solo es feroz bofetada al rostro de Jesús, sino abrirle una ventana al «príncipe de la mundanidad», a ese maleante profesional que es, parafraseando al poeta José Gorostiza, pura «soledad en llamas».

Publicado en la edición impresa de El Observador del 14 de octubre de 2018 No.1214