Por Mons. Mario De Gasperín Gasperín, Obispo Emérito De Querétaro

La esperanza es una de las virtudes cristianas mayores, que se llaman «teologales», porque nos conectan con Dios. Son tres y se llaman  Fe, Esperanza y Caridad.

Pero da por resultado que ahora, a causa de la nueva situación política del país, se habla mucho de esperanza. Pero no de la virtud cristiana en especial, sino de la esperanza humana, que algunos sienten renacer en el alma a causa del reciente cambio de régimen en lo político y social.

En efecto, el partido que salió victorioso en los últimos comicios se presentó como la esperanza de México, título que despertó en el corazón del pueblo, en su mayoría creyente, reminiscencias religiosas y adquirió así un significado mucho más profundo y delicado.

Si a esto añadimos que el apelativo afectuoso con que el pueblo católico –todavía mayoritario-, nombra a su santa Patrona la Virgen Mestiza, nuestra piadosa Madre Santa María de Guadalupe, (o con su cariñoso diminutivo como gustaba llamarle el mismo Papa San Juan Pablo II), la cosa adquiere mucho mayor relieve y profundidad y, por tanto, responsabilidad y cuidado mayor.

Este renacer esperanzador comienza a matizarse sin embargo con adjetivos o expresiones que denotan duda, incertidumbre o malestar, como suele suceder en lo político y social, máxime cuando se ha prometido una transformación de gran calado avalada por un triunfo abrumador.  Se oye hablar ya no sólo de esperanza sino de temor y desconfianza, de pérdida creciente de credibilidad y otras  expresiones mucho más graves y preocupantes. El católico debe decidir qué le corresponde hacer.

Comentando esta situación de incertidumbre, el señor arzobispo de Monterrey, actual presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, monseñor Rogelio Cabrera, nos invitaba a mantener la esperanza humana generada por la nueva administración pública, pero matizada y sostenida por los valores cristianos. Debemos pensar que los cambios sociales profundos son lentos, no violentos. A la esperanza hay que  añadir sus virtudes hermanas, la confianza y la paciencia, porque la esperanza cristiana no es asunto de magia, que produzca efectos como por encanto, sino que, como dijo el Papa Francisco de su tierra natal, «hay que echarse la patria al hombro», meterle el hombro al país.

La fe católica nos pide emparejar las virtudes cristianas con las humanas, y aquí,  acompañar la naciente esperanza con la fe esperanzadora cristiana que profesamos los católicos, y que traducimos en un «a Dios rezando y con el mazo dando».

En efecto, para los católicos, la virtud de la esperanza cristiana es siempre un bien «arduo», que se alcanza con la fe en Dios acompañada por el esfuerzo humano.

Las cosas buenas vienen del Cielo pero no caen solas, hay que ayudar a bajarlas. Quien nos salvó gratis, sin merecerlo, quiere que convirtamos su don en mérito nuestro, y que hagamos el bien que esté a nuestro alcance, con el vecino de al lado, de inmediato y sin respingos. Porque la esperanza no es magia sino lucha tenaz.

El Papa Benedicto XVI nos precisa que: «Según la fe cristiana, la redención, la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente, aunque sea fatigoso» (Cf SS, 1). La diferencia capital consiste en que la esperanza cristiana es cien por ciento «fiable», segura, porque Dios no puede fallar. Él es la Verdad. La esperanza humana no lo es, porque el hombre es débil, inestable y falible, y puede fallar.  En definitiva, sólo Dios puede salvar.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 23 de diciembre de 2018 No.1224