Por Mónica Muñoz

San Juan de la Vega, una comunidad que pertenece al municipio de Celaya, Guanajuato, se destaca por su gran devoción a la Santísima Virgen María, que ellos veneran bajo la advocación de Nuestra Señora de la Soledad.  El 20 de noviembre celebraron 61 años de la coronación de la venerada imagen, una bella escultura que representa a María sufriente, llorando, vestida de negro y en actitud de oración, ante la muerte de su Hijo en la cruz.

Es impresionante ver que aún en estos tiempos, los jóvenes, hombres y mujeres, participan con fe y entrega en la procesión que se hace con la Santísima Virgen por las calles de la comunidad.  Especialmente porque es una tradición heredada de sus padres, quienes en su juventud desempeñaron la misma tarea: cargar la imagen, en el caso de los varones, o llevar el manto y la corona, en el de las mujeres.

Es en este contexto en el que surge la reflexión.  La soledad que sintió María al perder a su único Hijo.  En las culturas semitas, la mujer era considerada inferior al hombre, por tanto, su fortuna dependía de la protección que éste le brindaba, ya fuera padre, esposo o hijo.  Es por eso muy comprensible que Cristo, clavado en la cruz, entregara a su Madre al discípulo amado, como lo narra el evangelio de San Juan, con estas palabras: «Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.» (Juan 19, 26-27).

Trasladando esta escena a la época actual, en la que nos hemos deshumanizado tanto que pareciera que ya nada nos impresiona, pienso en los ancianos que son padres y madres, quizá de muchos hijos, pero ahora abandonados a su suerte.  Aquellos que en su juventud y pleno vigor, dieron todo para que sus hijos crecieran y se convirtieran en hombres y mujeres de bien, viven al margen de la vida de sus descendientes, que los han olvidado, tal vez porque han emigrado a otro lugar, o acaso porque viviendo en la misma ciudad los consideran un estorbo.

La soledad de esos padres y madres encierra un terrible dolor, silencioso y resignado, porque ahora, en el olvido, pasan sus últimos años esperanzados en que en algún momento, uno de esos hijos que tanto aman atravesará la puerta para abrazarlos y llevarlos a visitar a sus nietos, esos pedacitos de cielo que tantas veces han alegrado sus corazones, ahora marchitos por los años, pero rejuvenecidos por las risas alegres de los niños que llevan su misma sangre.

¿Qué piensan esos hijos ingratos que no recuerdan ya los sacrificios que sus padres tuvieron que hacer para mantenerlos y darles todo, aunque fuera poco, pero que no escatimaron esfuerzos para sacarlos adelante, sobre todo en las circunstancias adversas?  Tal vez no fueron los mejores, pero dieron lo máximo de ellos. Y ahora les pagan con desprecio e indiferencia. No piensan en que están sembrando y que un día ellos también serán ancianos y serán tratados de la misma manera.

Esta es una realidad cada vez más común en muchas zonas de nuestro país.  Y penosamente, la gente que está al frente del gobierno está buscando legalizar la eutanasia para acabar con las personas que ya no sean “útiles” para la sociedad.  De esta manera, desean elevar a la categoría de “derecho” lo que a todas vistas es un asesinato.  La vida humana no es desechable, de principio a fin es valiosa y tiene un propósito, por eso no podemos permitir que se legisle en contra de la vida, porque ese es sí es un derecho humano universal, si no hay vida ningún otro derecho tiene sentido.

Recapacitemos y amemos a nuestros padres, dando gracias a Dios por sus años y ayudándolos en sus necesidades, lo que es una oportunidad que Él nos brinda para agradecerles todo lo que hicieron por nosotros, no cometamos el error de desterrarlos de nuestra vida y darles la espalda porque el día que mueran, todas las lágrimas de arrepentimiento que derramemos serán en vano.  Ya lo dice la biblia:  “Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa),  para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra. (Efesios 6, 2-3).

Que tengan una excelente semana.