Así actúa el Señor.
Nada de cansancio de la esperanza, sí la peculiar fatiga del corazón
del que lleva adelante todos los días lo que le fue encomendado
en la mirada del primer amor
Papa Francisco

Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Mientras se cae a pedazos lo que aún sigue en pie del orden social en la afligida república de Venezuela, concluyó el viaje apostólico del Santo Padre a Panamá, que tuvo lugar del 23 al 28 de enero del año en curso 2019, en el marco de la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).

La bitácora de su viaje incluyó, al lado de su presencia en la JMJ, un encuentro con los obispos centroamericanos, la visita a un centro de reclusión para jóvenes infractores y a una casa hogar, un Vía Crucis juvenil, un encuentro con presbíteros, consagrados y líderes de movimientos laicales. Los momentos cumbre de la visita fueron la vigilia de oración y la Misa de clausura de la JMJ.

Procuró no dejar en el tintero nada de lo que se quería escuchar de sus labios: «una solución justa y pacífica» a la crisis política en Venezuela, solidaridad por la muerte de 21 cadetes asesinados por el terrorismo en Colombia y los católicos muertos en Filipinas.

No olvidó rememorar el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto, exhortando a «aprender de las páginas negras de la historia para no volver a cometer nunca más los mismos errores», y, consecuente con ello, a trabajar sin descanso «por cultivar la justicia, aumentar la concordia y sostener la integración, para ser instrumentos de paz y constructores de un mundo mejor». También enfatizó a los gobiernos civiles, como ejes de su legitimidad, la «austeridad y transparencia».

Parecía obligado que algo dijera del tema escabroso que tanto daño ha hecho a la buena fama del clero en el mundo en los últimos meses, y también lo abordó de forma clara y propositiva. Habló de la necesidad de superar el «cansancio de la esperanza» provocado en la Iglesia por los abusos sexuales de algunos clérigos.

Coincidiendo con esta admonición del Obispo de Roma en América, tuve el privilegio ese día, sábado 26 de enero, de tomar parte en una Misa en la ciudad de Guadalajara, donde fui testigo de algo insólito: un obispo presidía la acción de gracias por el aniversario 101 de vida de quien fue su primer y único párroco.

Don Óscar Armando Campos Contreras, obispo de Ciudad Guzmán y que antes lo fue de Tehuantepec, expresó su admiración al señor canónigo don José Mejía Sosa no sólo por los 101 años de su existencia sino también los 74 de su ministerio presbiteral.

Don José, por su parte, que sigue activo y lúcido, resaltó la importancia de promover las vocaciones al estado eclesiástico, él, que tuvo dos hermanos de sangre que le antecedieron en el ministerio, J. Jesús (+1967), que también fue su párroco, y Nicolás (+2011); y a quien le tocó formarse en lo más crudo de la persecución religiosa, cuando los seminaristas debían subsistir en la clandestinidad y a salto de mata. En tales lances fue coetáneo suyo en el plantel levítico el escritor Juan Rulfo.

Infatigable promotor del bien común en sus diversos destinos, fue también misionero en Tuxtla Gutiérrez, donde tuvo de vicario a don Óscar Campos y a la fecha se hace cargo de una capellanía en la capital de Jalisco.

Escribo esta columna el día en que se cumplen 40 años de la visita de san Juan Pablo II al Seminario Conciliar de Guadalajara, 30 de enero de 1979. Resulta, por ello, oportuno recordar una frase que allí pronunció, paradigma vocacional: «Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo». Sí, con rectitud de intención, añadimos.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de febrero de 2019 No.1230