Es imposible –e impensable—no mirarse en el espejo de Venezuela. Cualquier cosa que esté pasando en estos días no alterará el drama de millones de venezolanos que han tenido que abandonar su hogar e irse a tierras lejanas por la sencilla razón de que no tienen qué comer.

Un país riquísimo puesto en manos de la ideología se ha despeñado a niveles pocas veces visto en el mundo. Y un gobierno agarrado del clavo ardiendo de la retórica «bolivariana» pero sin más apoyo que el de los fusiles (y el de socios interesados en el negocio y en no dejarle el botín a
Estados Unidos).

El gobierno mexicano ha permanecido neutral. Con una cautela muy parecida al miedo (o al compromiso), se ha propuesto como mediador. Candil de la calle. ¿Cómo puede mediar, si en el plano interno fomenta la división? Y si no la fomenta abiertamente, con cada ocurrencia y con cada descalificación a los que no piensan como «deberían», sí que lo hace.

¿Podemos llegar a ser Venezuela? Por supuesto que sí y más si seguimos en la dinámica del deterioro del tejido social, la palabrería hueca, la descalificación del contrario, el confort de la «clase» empresarial, el subsidio, la dádiva, la dependencia, el servilismo, el alejamiento pertinaz de los asuntos de la ciudad y la peor de todas las armas para sabotear la democracia: la indiferencia.

La ideología llevada al poder se vuelve una tiranía sin remedio. El espejo de Venezuela nos devuelve una imagen deformada de Bolívar, de la democracia, del desarrollo y de Latinoamérica misma. Es un callejón sin salida: el callejón de la dependencia a una idea obstinada que se estrella contra la realidad. Las ideologías –dijo el Papa Francisco—acaban siempre mal. Así ha sido siempre. Así será.

El Observador de la Actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 10 de febrero de 2019 No.1231