En toda la historia de la humanidad no han faltado las movilizaciones humanas por las más diversas causas. Algunas de estas migraciones han sido voluntad de Dios, como la de Abraham desde Ur hasta Canaán, que era sin intenciones de retorno pero, al mismo tiempo, sin integrarse a la sociedad a la que estaba llegando, sino permaneciendo con conciencia de forastero (cfr. Gen 23, 4). O la de la Sagrada Familia de Judea a Egipto, que debía ser sólo temporal para luego volver a Nazaret.

Otras veces las migraciones han surgido de intenciones claramente perversas; por ejemplo, cuando el imperio de Asiria, tras conquistar el reino de Israel, se llevó cautivo a un gran número de habitantes, y obligó a otros pueblos dominados a establecerse en tierra israelita para que se mezclaran con los que permanecían ahí, de manera que estos últimos perdieran su identidad.

Ayer como hoy el individuo que migra casi siempre lo hace por razones no totalmente libres; es decir, es obligado, empujado o convencido a moverse hacia otro país.

El pacto de migración que casi todos los países acaban de firmar el pasado mes de diciembre está obligando a Europa a aceptar a 59 millones de inmigrantes antes de que concluya el año 2025. La ONU viene insistiendo desde el año 2000 que las migraciones masivas son indispensables para financiar el sistema de pensiones y asegurar el crecimiento económico.

Pero la realidad es que el 65% de los que han migrado a Europa no trabaja sino que vive de la asistencia social. El investigador de inmigración holandés Jan van de Beek ha advertido que el bienestar de los europeos no va a poder continuar a menos que las naciones cierren sus fronteras a la migración masiva.

Y mientras en algunas partes ésta continúa con fuerza —en España aumentó un 304% en enero de 2019 comparándola con el mismo mes en el año anterior—, en otras ya se toman medidas. Por ejemplo, este año la República Checa está lanzando un programa para que los migrantes puedan volver a sus países; el programa está enfocado particularmente en los de Afganistán, Iraq, Nigeria, Rusia y Vietnam, ofreciéndole a cada uno hasta 4 mil euros para los costos de transporte, la creación de alojamiento en sus países de origen y la compra de ganado.

Según las previsiones demográficas, la consecuencia de las migraciones masivas a Europa es que dentro de veinte o treinta años Europa será mayoritariamente musulmana, y regida no por los valores cristianos ni por las leyes de occidente sino por la ley islámica, como ya ocurre en muchos barrios y ciudades del continente, porque los forasteros ya no están llegando con la intención de integrarse sino con la idea de que tienen el derecho de imponer sus propios usos y costumbres, en detrimento de los nativos.

D. R. G.B.

TEMA DE LA SEMANA: TODOS LOS MUROS, EL MURO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 10 de febrero de 2019 No.1231