Por José Francisco González González, obispo de Campeche

En este II Domingo de Pascua celebramos el Domingo de la Misericordia, como lo estableció el papa San Juan Pablo II. Y en la narración evangélica vamos a enumerar cuatro de los siete regalos que Jesús, Divina Misericordia, nos da a todos.

Los apóstoles están encerrados por miedo. Pero Jesús no se detiene ante las puertas cerradas. Sin embargo, Él no va a vencer por la fuerza, sino con la paz. En el lugar faltan algunos apóstoles. Por razones aducidas, Judas Iscariote no está; por razones desconocidas, Tomás está ausente. La nueva identidad de Jesús nos comunica que no todos pueden verlo y tocarlo, pero todos pueden llegar a la fe en el Resucitado. Aún más, es más valioso creer sin haber visto, que creer porque se ve.

REGALOS PASCUALES

Jesús se hace presente con el saludo: La paz esté con ustedes. Ese es el primer regalo de Cristo resucitado. Es el mismo que fue flagelado, sometido a la pasión, a la crucifixión y a la muerte. Las huellas siguen estando en las manos, en los pies y en el costado. Es, pues, el cumplimiento de lo que venía anunciando: Es el vencedor de la muerte. Se ha ido por un breve tiempo, pero ha vuelto.

El miedo se convierte en alegría. La paz y la alegría son los primeros dones de Jesús, vencedor de la muerte. Ese primer par de regalos, prepara la tercera donación de Cristo: Así como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo. Hay una misión por realizar, la misión de Cristo. Y Jesús hace el cambio de estafeta a sus discípulos. Ahora, ellos serán los promotores de la obra de Dios en la tierra, de que el Reino divino se establezca en toda su plenitud.

En medio del odio del mundo, los enviados por Jesús están llamados a hacer lo que Él hizo: El misterio del Amor del cual nacemos y al cual volveremos.

Un cuarto regalo muy importante es el don del Espíritu Santo. Es el aliento de Dios, que contiene una tal fuerza transformadora que es capaz de convertir un muñeco de lodo en un ser humano (cf. Génesis) y de dar vida a los huesos desperdigados por el campo (cf. visión de Ezequiel 37).

Se trata de una nueva creación, donde como escribió Fulton J. Sheen, el hombre ya no vive para sí mismo, sino para los demás. Este cambio maravilloso se debe gracias al don del Espíritu que empuja también para la misión. El don del Espíritu nos lo dio Cristo en la cruz, y lo vuelve a ofrecer después de la resurrección, porque el Espíritu nos enseña a amar, y jamás se aprende a amar total y perfectamente.

PROYECTO GLOBAL DE PASTORAL

En el Plan Global de Pastoral (PGP) que han publicado los obispos de México, con motivo de los 2000 años de la redención y los 500 años del Acontecimiento Guadalupano, leemos (en síntesis):

“La Resurrección autentifica la fuerza del amor sobre la muerte. Confirma la fidelidad de Dios y por eso es también redentora. El Resucitado es el Crucificado, su historia humana no quedó anulada con la Resurrección, al contrario, la humanidad de Jesucristo ha quedado incorporada en el abrazo eterno de la comunidad de amor trinitario”.

“Cristo, sumo y eterno sacerdote, sigue ofreciéndose a sí mismo como Resucitado y nos incluye para ofrecernos con Él como su cuerpo. Su entrega al Padre y a nosotros, entrega libre y por amor, continúa realizada en toda su vida, radicalizada en la muerte, plenificada en la resurrección y es actualizada permanentemente en el misterio de la Eucaristía”.

¡Felices Pascuas!