Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Como ya es una bien esperada tradición, este domingo se realiza el “paseo por tierra” de la centenaria imagen del Cristo Negro Señor de San Román. Estamos celebrando el 454 aniversario de la llegada de esta milagrosa imagen, traída desde Veracruz, por Juan Cano de Coca y Gaitán, que a la postre se va a convertir en el primer devoto receptor de un gran milagro.

El “Negrito” es el campechano más antiguo. Con su rostro cabizbajo, casi melancólico, transmite misericordia y bondad. La expresión del Cristo Negro motiva a la devoción y genera mayor espiritualidad. A pesar de la frenética, consumista y secularizada vida postmoderna, este año se dieron tiempo, en su santuario en el Barrio de San Román, más de 36 mil personas para tocar al Cristo y encomendar sus necesidades personales, familiares y laborales.

EL CRISTO PROTECTOR DE MARINEROS

Hace dos semanas, el Cristo bendijo el mar y la bahía de Campeche. A lo largo de los siglos se han contado numerosas anécdotas y milagros. Vale la pena hacer alusión a uno de esos milagros. Hace más de cien años, dos adolescentes (Trinidad Gómez, de 14 años, y Manuel Aguilar, de 13) sufrían maltrato de su tío. El tutor capataz se ausentó de casa durante dos días, debido a su embriaguez.

Los adolescentes deciden, pues, abandonar la casa del Barrio de San Román en septiembre de 1883. Dejan, también, el rebaño de cabras del tío. Se embarcan en una lancha, con la intención de llegar a una población vecina.

La fortuna los sustrajo de una muerte inminente. A temprana hora, después de cuatro días y cuatro noches de navegar a la deriva, la barcaza fue descubierta por el bergantín italiano “Menfi” a unas noventas millas del puerto de Campeche.

El capitán, don Manuel Orengo, ordenó acercarse a ella. La sorpresa fue mayúscula al encontrar ya desfallecientes a dos jovencitos, casi niños, extenuados por el hambre y la fatiga, en “absoluta imposibilidad de procurarse su salvación” según escribiría después en su bitácora.

Los náufragos fueron calentados, vestidos y alimentados por la tripulación, y el buque continuó su ruta.

Ante la imposibilidad de entregar a los adolescentes a alguna embarcación mexicana de ultramar, al capitán Orengo no le quedó más remedio que llevarlos consigo hasta Marsella, Francia. Después de cuatro meses de navegación sin detenerse en ningún otro puerto.

El tío notificó la ausencia de sus sobrinos a la autoridades. “Ya se los tragó el mar”, decía con pesadumbre la gente.  Concluidas las labores de rescate, fue programada y oficiada una misa en el templo del Cristo Negro del barrio de San Román, en memoria de los adolescentes, acudiendo la población entera.

MILAGROSO REGRESO

Una vez llegado a Marsella, el capitán Orengo notificó a las autoridades mexicanas la situación de aquellos adolescentes.

La noticia circuló de inmediato causando expectación entre los habitantes del puerto. “¡Están vivos! … ¡Trino y Manolo están vivos!”, gritaba la gente. Todo parecía un milagro. Algo que nadie esperaba a siete meses del incidente. Los creyentes decían: “Una vez más, nuestro Cristo Negro nos ha concedido lo que parecía irrealizable”.

A su regreso, el tío, Pedro Gómez, lloroso, los abrazó, prometiéndoles que iba a dejar su vicio y, en vez de ponerlos a cuidar sus chivas, los iba a mandar a la escuela. Hubo la misa de agradecimiento en el Cristo Negro.  La moraleja es: Más vale un infiernito en casa que el falso paraíso en ultramar.

¡Cristo Negro, escucha nuestra oración!

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