Por Arturo Zárate Ruiz

“Ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús”, advirtió san Pablo para poner fin a las distinciones sociales en la Iglesia. Santiago, en su carta, reprobaría las distinciones económicas también. Desde entonces, aunque tomase mucho tiempo hacerla efectiva, la discriminación ha ido prohibiéndose en la vida de las naciones. Sólo con el argumento teológico de nuestra filiación a un mismo Padre se puede hablar de la igualdad del género humano.

Que se admita y aun celebre esto no quiere decir que no convengan algunos tratos especiales a cada persona o grupo de personas. Jesús nos habla de un pastor que puso a un lado 99 ovejas para rescatar la perdida.

Mi punto es que las mujeres merecen un trato especial, ciertamente no porque estén perdidas, sino porque sin el cuidado pertinente a ellas, perderían ellas, y perderíamos todos socialmente.

Sucede que no son los hombres sino las mujeres quienes se embarazan. Y que sea así tiene consecuencias no sólo en las mujeres mismas, que ya es bastante, sino en toda la vida social. Dependiendo de cómo respondamos a esta circunstancia, la vida de las mujeres, y de toda una comunidad, puede ser un paraíso o un infierno.

Hay que recordar ciertos hechos que, de tan obvios muchas veces, nos olvidamos de ellos.

Consideremos uno extremo: la violación. No sólo se fuerza a una mujer a un encuentro sexual, se le fuerza también a tener un hijo de cuyo padre sólo conocerá, si es que al final conoce algo, que fue un monstruo. Ciertamente los hombres también podemos ser violados, pero podríamos defendernos mejor porque nuestra condición física es más probable que sea equiparable a la del violador, no así en el caso de las mujeres que comparativamente suelen ser físicamente más pequeñas y frágiles. Además, tras la violación, no se nos forzaría a los hombres a tener un hijo.

Situación menos extrema es la de la seducción. Un hombre le promete la Luna y las estrellas a una ilusa, la preña y luego la abandona. No sólo es duro el engaño, lo es más el tener que cargar sola con las consecuencias del embarazo. Mientras, el seductor, tan vano, lo único que haría es presumir de su nueva conquista.

Si me vienen con que un hombre también puede ser seducido, las peores consecuencias para él son mucho menores: caer en el engaño, casarse con la seductora y suponer que el niño concebido es suyo, lo cual no niega la posibilidad de que finalmente integren una familia hermosa en que un padre y una madre, y las redes de parentesco, cuiden de la mejor manera a la prole.

Ahora bien, aun en el mejor de los matrimonios, la mujer sigue siendo quien se embaraza y amamanta al niño. Durante este período y como consecuencia de ello, la movilidad de la mujer muchas veces se restringe por los cuidados del embarazo y de la lactancia. A la mujer ya no le es tan fácil salir a trabajar. Además por su gravidez se encuentra en un estado muy vulnerable y requerirá que su esposo (ojalá lo tenga) la proteja, y provea los medios de subsistencia. En este contexto, es el hombre quien, en servicio a su mujer y su prole, debe protegerlos y salir de casa a obtener los medios de subsistencia. Pero, en compensación, es la mujer quien tiene una oportunidad de desarrollar una relación más íntima y cercana con su prole, a punto de que a ella le es más fácilmente encargarse de su cuidado próximo y del hogar. Que la mujer al final también trabaje y aporte a la subsistencia, qué bueno. Pero que la mujer tienda a dedicarse más intensamente al cuidado de los niños y del hogar no es una imposición social ni machista, sino una consecuencia de capacidades biológicas que sólo gozan las mujeres, y de las relaciones que por el embarazo y la lactancia ha desarrollado con sus hijos.

Los hombres, por habernos dedicado a proteger y proveer durante esos períodos, tomamos más a pecho, qué nos queda, esas habilidades. De allí que tendamos a ser más rudos. En caso necesario, somos los que debemos entregar nuestras vidas por nuestra mujer y nuestros hijos.

Pero nuestro rol de protección no se reduce a una división de labores circunstancial. Se ancla sobre todo en la vulnerabilidad de las mujeres por sus posibilidades de embarazo y del posterior cuidado de los niños.

Debemos protegerlas de los violadores, de los seductores y de la marginación por convertirse en madres solteras. Debemos defender la institución del matrimonio como el mejor medio, es más, el medio querido por Dios, para multiplicarse y, por supuesto, amarse. Si no les ofrecemos las condiciones mejores de embarazo, no sólo las pisoteamos sino pervertimos todos los vínculos sociales.

Y que nos opongamos a cualquier remedo de matrimonio no es atavismo machista, sino construir baluartes que ofrezcan de manera especial a las mujeres la mejor oportunidad de amar y ser amadas, y de ser madres y esposas, una oportunidad que se extiende a los hijos, quienes merecen la mejor de las acogidas, la cual sólo se da de lleno dentro de un matrimonio verdadero.

La fecundidad de las mujeres las hace más fecundas en el amor, por lo cual, santa Teresita del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, afirmaría que hay más mujeres en el Cielo, y que ocupan un lugar superior a la mayoría de los hombres.

Yo me atrevería a decir que el Hijo de Dios se hizo hombre no porque los hombres fuésemos mejores que las mujeres sino porque, en este caso sí, le urgía venir a rescatar con su ejemplo a quienes en gran medida somos las ovejas más perdidas.