Por P. Fernando Pascual

El novelista crea personajes, construye ambientes, narra historias, elabora misterios, entreteje desenlaces.

Dios crea seres espirituales libres, en ambientes que poco a poco esos seres pueden modificar.

El novelista controla aquello que ha creado. Tiene en sus manos la trama. Los personajes y todo lo que les rodea son «suyos».

Dios también «controla», pero de modo diferente. Porque los seres libres, hombres o ángeles, deciden lo que aman, lo que hacen, lo que sueñan, lo que lloran.

Tolkien decía que el escritor imita a Dios. Es un «subcreador». Pero le falta algo que solo Dios puede hacer.

Porque ni el mejor novelista puede crear un personaje libre. Aunque su protagonista muestre golpes de efecto insospechados, todo lo que haga, todo lo que diga, todo lo que piense, está en manos del escritor.

En cambio, Dios tiene un poder tan grande que sus creaturas racionales, sus hijos, son capaces de tomar la propia existencia en sus manos, pueden decidir si odian o si aman, si destruyen o construyen.

Una buena novela lleva al lector a sentir, a soñar, a pensar. Disfruta al contemplar la psicología del héroe, tiembla ante la maldad del villano, admira la generosidad de un auténtico enamorado.

La narración de una vida real, en cambio, suscita todo tipo de sorpresas. Tiene mil misterios que surgen de la libertad de quien hoy decide como un egoísta despiadado, mientras que mañana llora como un pecador arrepentido.

Un buen novelista puede sentirse orgulloso de su obra, amar a sus personajes, explicar los motivos de sus narraciones, profundizar en la mente del joven idealista o del anciano lleno de sabiduría.

Dios también ama a sus hijos, aunque a veces pueda sentir pena al contemplar la ingratitud de muchos, el orgullo de otros, la falta de esperanza en tantos, y el dolor de las víctimas inocentes.

Son muy diferentes Dios y el novelista. Porque el primero es capaz de promover amores libres, con todos los riesgos que la libertad encierra, mientras que el segundo tiene plena autonomía para decidir sobre cada una de sus páginas.

En el verdadero y «gran teatro del mundo» (recordamos a Calderón de la Barca, un ingenioso subcreador del pasado), cada uno de nosotros colabora, con sus miedos y sus valentías, con sus odios y con sus amores, en la escritura de la historia humana.

Dios ha puesto en nuestras manos esa historia. Somos responsables de nosotros mismos y del devenir del mundo. Por eso pedimos a Dios algo mucho más bello y más grande que la inspiración del mejor novelista: que sepamos pensar y decidir desde el amor y para el amor…