> Preguntaba Juan Pablo II a unos purpurados:

  • ¿Saben qué idioma se habla en el Cielo?
  • ¿Latín, quizá?, ¿polaco?, ¿italiano?
  • ¡Húngaro!
  • ¿Por qué húngaro, Santo Padre?
  • Porque cuesta una eternidad aprenderlo.

> Una de las religiosas que atendían a Juan Pablo II le dijo al verlo muy cansado por exceso de trabajo: «Santo Padre, estoy preocupada por Su Santidad». El Papa respondió: «Yo también estoy muy preocupado por mi santidad».

> El arzobispo de Granada preguntó al Papa cómo era para él una jornada cualquiera. Juan Pablo II le contó, y el arzobispo, al enterarse de que su día siempre estaba tan saturado, dijo: «Pero, Santo Padre, tendrá algo de tiempo libre». El Papa conestó sin vacilar ni un instante: «No, no; si todo esto es libre».

> San Juan Pablo II, aunque ya no podía hablar, ni comer, y ni siquiera beber agua a causa de la parálisis que le ocasionó la enfermedad de parkinson en su lecho de muerte, antes de entrar en estado de inconciencia, logró dictar a su secretario personal este mensaje, dirigido a todos, pero especialmente a los sacerdotes y religiosas —la mayoría de ellos polacos— que lo habían atendido en sus útimos años en el Vaticano: «Soy feliz, séanlo también ustedes».

TEMA DE LA SEMANA: AQUEL OCTUBRE DE 1978

Publicado en la edición impresa de El Observador del 20 de octubre de 2019 No.1267