Si queremos vivir felices no la tenemos fácil. Implica algunas consideraciones importantes para dar el paso al matrimonio con un fundamento sólido. Les propongo cuatro puntos que se deben tener en cuenta que, seguramente, pueden dar algunas luces para esa opción tan trascendental. Ideal para discutir en pareja.

Se trata de un amor incondicional

Sobre este punto, menciono dos elementos clave. Primero, cuando le digo a mi pareja que me dispongo a vivir el camino del matrimonio, en la salud y en la enfermedad, la alegría y la tristeza, la adversidad y prosperidad, para el resto de la vida, debe ser un compromiso total. Una entrega total.

Es decir, ninguno de los dos sabe qué pasará mañana, en un año o dentro de 10 años. Se puede decir —gráficamente— que es un «salto al vacío». En ese sentido, decimos que es incondicional, porque cuando ambos estén delante del altar, no van a están pensando —por ejemplo— que, si pasa determinada situación, entonces la solución será separarse. Eso no es matrimonio. O entregas todo tu corazón, toda tu vida o no lo haces. El amor es una entrega incondicional. Total.

Tu felicidad es mi felicidad

Cuando uno se casa, busca ser feliz en esa aventura que está emprendiendo para el resto de su vida. Sin embargo, debe quedar muy claro que mi cónyuge no es, de ninguna manera, el medio con el cual alcanzaré mi felicidad.

Yo no me caso, porque ella me hará feliz. Nos casamos, porque descubrimos que juntos, los dos, queremos ser felices. ¿Cómo? En la entrega generosa y sacrificada del uno por el otro. Eso significa que el camino de la felicidad, en la opción matrimonial, está en mi entrega por el otro.

La comunicaciónes fundamental

Hay dos aspectos importantes a tener en consideración, cuando hablamos de la comunicación en el matrimonio.

Primero, la importancia de saber vivir el silencio. Existe una forma de «silencio», que implica una armonía interior, una sintonía consigo mismo, que solo se logra en cuanto la persona está en contacto con su interior. Y que es la que finalmente me permitirá saber comunicarme con el otro. Saber quién soy, no dejarnos apabullar por la bulla y ritmo frenético del mundo en que vivimos.

Segundo, la comunicación va mucho más allá de las palabras que pueda decir. La relación conyugal, tiene —lo que se conoce como metalenguaje— dimensiones que van mucho más allá de lo que puedo escuchar con mis oídos. Es una mirada, una caricia, un abrazo, un besito, un estar sentado al costado en silencio. Si no hay espacio para cultivar ese amor, desde lo corporal hasta lo espiritual, el matrimonio se va muriendo poquito a poquito.

 Las diferencias no son un obstáculo

Aquí entra el camino de la unidad en la diversidad. Lo hermoso de un hombre y una mujer que se quieren es, precisamente, apreciar cómo dos personas, con características, riquezas y dones personales distintos, se aman, y se complementan de forma maravillosa.

Siempre van a tener, posiblemente, opiniones distintas y diversas, formas de acercarse a un mismo problema o situación. El punto es que ambos, deben tener una postura común, en la cual los dos aportan su propia riqueza personal. Entonces, no solo es un complemento mutuo, sino que es una nueva idea, una nueva percepción, fruto de la relación amorosa entre los dos.

Extracto del artículo de Pablo Perazzo/CatholicLink

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de noviembre de 2019 No.1272