Por P. Fernando Pascual

Dios, desde toda la eternidad, tiene un sueño: que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4).

Ese sueño, ese plan maravilloso, se hace presente en el mundo con la Encarnación de Cristo.

Desde entonces, una Luz ha empezado a brillar en las tinieblas: la Vida ha sido ofrecida a todos los creyentes.

El maravilloso plan de Dios llega a cada ser humano como regalo que cambia radicalmente las maneras de pensar, de sentir, de vivir.

Por eso los Apóstoles elegidos por Cristo y los que han sido enviados en cada época, anuncian un mensaje que transforma el mundo.

Eso es el cristianismo: semilla fecunda, fermento que cambia, sal que conserva y evita la corrupción.

Desde la llegada de Cristo, la misericordia está presente en el mundo. Hay esperanza de salir del pecado y empezar a vivir como hijos del Padre.

Muchos no acogen al Hijo del Padre e Hijo de María, muchos lo rechazan, muchos desean adulterar el Evangelio con doctrinas de este mundo.

Pero los creyentes sinceros, los que han sido transformados gratis por el Amor de Dios derramado en los corazones, superan las dificultades y se convierten en testigos (mártires) de la Verdad.

En un mundo de oscuridades y de engaños, de herejías y de nuevos gestos idolátricos, la belleza del Evangelio brilla en la oscuridad y vence al maligno.

“Tened confianza: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Nada ni nadie nos pueden separar del amor de Cristo (cf. Rm 8,35-39), porque Él está vivo para siempre…