«Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario… son totalmente contrarios al honor debido al Creador » (Gaudium et spes).

Tafida Raqeeb era una niña sana de cuatro años hasta que un vaso sanguíneo en su cerebro se rompió el 9 de febrero de 2019, mientras dormía, generándole un derrame cerebral.

Se le hizo una cirugía cerebral en el Royal London Hospital, en el este de Londres; pero, pasados algunos días, los neurocirujanos dijeron a los padres de Tafida, Shelina Begum y Mohammed Raqeeb, que su hija había entrado en «muerte cerebral», por lo que nunca más despertaría, por lo que recomendaban quitarle el respirador a la pequeña para que su corazón ya dejara de latir.

Pero los papás se opusieron y, tras consultar con otros especialistas, decidieron que lo mejor para Tafida era llevarla a un hospital de Italia que estaba dispuesto a dar tratamiento a la niña, pues no todos los médicos que supieron del caso estaban de acuerdo con la supuesta «muerte cerebral» de ella.

Por desgracia, el asunto se volvió legal, pues el Barts Health NHS Trust, organismo que administra el Royal London Hospital, solicitó a un juez que no permitiera el traslado de la niña fuera del país, y que, además, diera la orden de suspender el soporte vital porque era «lo mejor» para Tafida.

De este modo se estuvo obstaculizando el tratamiento de la pequeña, hasta que finalmente el juez dictaminó que Tafida podía ser trasladada a Italia. Y sucedió que ahí, en el Hospital Pediátrico Gaslini de Génova, Tafida despertó y se recuperó del todo, y hoy es una feliz niña de 5 años.

Historias con un mal desenlace

Por desgracia, hay muchos casos como el de Tafida, pero sin un final feliz. En especial, Inglaterra se ha destacado últimamente por ser un país donde ya no son los padres de familia los que pueden tomar decisiones sobre la vida de sus hijos en casos difíciles, sino los tribunales.

Ahí están los tristes casos de los bebés Charlie Gard en 2017, y Alfie Evans e Isaiah Haastrup en 2018, que por recomendaciones de los médicos de los hospitales donde estuvieron internados estos tres pequeñitos, fueron víctimas de jueces que los sentenciaron a muerte impidiendo que fueran llevados a otros centros médicos y ordenando que se les desconectara de los respiradores para que murieran asfixiados. Es «por el mejor interés» de los niños, sentenciaron los jueces.

Por supuesto que no sólo en Gran Bretaña suceden estas cosas. Y las víctimas tampoco son siempre niños. Decenas de adultos son sentenciados cada año a muerte vía eutanasia —incluso cuando ellos pueden expresar un deseo contrario,— en países donde esta práctica de muerte está legalizada.

Entre los casos más famosos de adultos sentenciados a muerte por un juez en años recientes figuran el de Terri Schiavo en Estados Unidos, que murió de sed, y el de Vincent Lambert, en Francia, que murió de hambre.

Esto es parte de lo que san Juan Pablo II denunciaba como la «cultura de la muerte», la cual «ignora la santidad y la dignidad de la vida, y por lo tanto malinterpreta lo que es la muerte. Pretende que la vida sólo tiene valor si es productiva, y si proporciona placer
y bienestar».

Y «debido a que la cultura de la muerte ignora a Dios, también sobrestima la autonomía humana con respecto a la vida».

Así, por la falta de Dios, las leyes y tribunales de cualquier país son capaces de decidir quién ha de vivir y quien ha de morir.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: ¿CUÁNDO EMPIEZA Y CUÁNDO TERMINA LA VIDA?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 26 de enero de 2020 No.1281