Por José Ignacio Alemany Grau, obispo

Reflexión homilética del 19 de Enero de 2020

Hoy es el tercer domingo consecutivo en que la Iglesia nos recuerda la Epifanía:

El primero fue la estrella de los Magos, el segundo en el Jordán y el tercero, hoy en Caná de Galilea.

Pero, precisamente en el ciclo A, tenemos el Evangelio del que trataremos después.

Es el ciclo C el que nos recuerda las Bodas de Caná, primera manifestación pública de los milagros de Jesús.

Esto es lo que precisamente nos decía la antífona del Benedictus ayer:

“Así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos y manifestó su gloria”, convirtiendo el agua en vino, seiscientos litros de vino es un gran milagro.

Esa agua y ese vino nos recuerdan la presentación que Jesús hizo de sí mismo en la imagen de la Divina Misericordia.

Para la Iglesia, además, este milagro es un signo de la Eucaristía.

Agradezcamos una vez más al Padre porque en el inicio del apostolado de su Predilecto quiso manifestar al mundo que aquel que pasó “como un hombre cualquiera”, era Dios.

  • Isaías

Comienza con unas palabras semejantes a las que el Padre dijo siglos más tarde en el Jordán:

“Tú eres mi siervo de quien estoy orgulloso”.

A continuación pasa el profeta, en su segundo cántico del siervo del Señor, a profetizar su misión:

“Te hago luz de las naciones”…  (Jesús dijo:“Yo soy la luz del mundo”)… para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”.

Sabemos que Jesucristo trajo la salvación no solo a Israel sino a todos los pueblos de la tierra.

  • Salmo responsorial

El salmo 39 nos hará repetir las palabras que en la carta a los Hebreos se nos presentan como la misión de Jesús en este mundo:

“Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Te invito a rezarlo con profundidad, y que Dios te ayude a comprender que el ser santo, la perfección, no consiste en grandes mortificaciones o sacrificios, sino en hacer la voluntad de Dios.

Repite simplemente: “¡Aquí estoy!”

Esto fue lo que dijo Abraham, lo repitió Moisés, lo dirá María, y Jesús que también lo dijo y te enseñó a decirlo en el padrenuestro.

  • Pablo

San Pablo empieza su carta a los Corintios con un saludo profundo y amplio, ya que lo refiere no solo a los corintios sino también “a todos los que en cualquier lugar invoquen el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

Por tanto, también a nosotros nos llega su saludo de gracia y paz:

“Gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”.

Estas palabras, sin duda, nos recuerdan el saludo inicial de la misa, que es el de Pablo al final de su segunda carta a los corintios (13,14):

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”.

  • Evangelio

Estando en el inicio del tiempo ordinario, la Iglesia nos presenta a Jesús con el testimonio bellísimo de Juan Bautista, el maravilloso predicador que preparó la venida del Salvador del mundo.

Escuchemos su testimonio:

“Yo no lo conocía pero, el que me envío bautizar con agua, me dijo: aquel sobre el que veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es aquel que ha de bautizar con el Espíritu Santo”.

Juan termina con estas hermosas palabras:

“Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

Juan creyó, cumplió y se retiró para dejarle paso.

Se despidió entregándole lo mejor que tenía: sus propios discípulos y ofreciendo su cuerpo al martirio.

¡Maravilloso Juan!:

“No ha nacido entre los hombres uno más grande que Juan Bautista”.