Por José Ignacio Alemany Grau, obispo

Reflexión homilética 24 de marzo de 2024

En este domingo queremos acompañar a Jesús que, subiendo de Jericó a Jerusalén desde Galilea, vino seguido de una multitud. Varias veces profetizó su muerte en Jerusalén. Pero quiso entrar solemnemente en la ciudad, cosa que siempre había querido evitar.

La liturgia de hoy pide a los fieles que se congreguen en el lugar conveniente, un templo menos importante o una plaza, y ahí concentrados se hará la lectura del evangelio que este año es el del ciclo B, es decir de San Marcos. Luego se bendicen solemnemente los ramos y comienza una procesión hasta la Iglesia.

En la liturgia se recuerda lo que Jesucristo quiso vivir en esta entrada en Jerusalén:

Jesús hace un signo que siempre ha evitado: pide a los discípulos que entren en el pueblito próximo donde encontrarán una burra con su pollino. Que los traigan a Él.

Se monta en el pollino, como signo de humildad, según la profecía de Zacarías: «Mira a tu rey que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino hijo de acémila».

Hay un grupo de personas que vienen acompañándolo y que se entusiasman:

«Echaron encima sus mantos y Jesús montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos. Algunos cortaban ramas de árboles y la gente iba adelante y atrás proclamando: «Hosanna» (que propiamente significa sálvanos, pero después se ha convertido en una simple aclamación).

Con esta expresión el pueblo vitorea a Jesús diciendo: «Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna».

La liturgia nos invita a vivir un momento de gozo en este domingo y nos pide guardar los ramos bendecidos para que el próximo año, en miércoles de ceniza, se quemen para empezar, con humildad, otra vez la cuaresma.

Es bueno recordar lo que el Papa Benedicto nos dijo sobre la multitud que en el domingo de ramos aclama al Señor Jesús. Los del Viernes Santo serán otras personas que movidas por los sumos sacerdotes pedirán su crucifixión.

La Pasión del Señor

En la eucaristía del Domingo de Ramos leemos la pasión según San Mateo. Es la más larga y será bueno que, en familia, la meditemos recordando el sufrimiento de nuestro Redentor.

También debemos meditarla a nivel personal para sacar el mayor provecho y descubrir el amor infinito con que Jesucristo se entregó a la muerte para salvarnos del pecado.

Pienso que, en este día, al leer la Pasión, y posiblemente durante toda la Semana Santa, será bueno que meditemos estas palabras de San Pablo: «Me amó y se entregó por mí».

Todos y cada uno de los sufrimientos de Jesús por mí.

El apóstol centra nuestros sentimientos en un párrafo precioso de la Carta a los filipenses que leemos en la misa del día y a continuación meditamos:

«Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz…»

Precisamente por esta humillación que hoy meditamos fue glorificado con su resurrección por el Padre Dios.

Al proclamarlo «Señor» está refiriéndose a su divinidad:

«Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “nombre-sobre-todo-nombre” de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre».

De esta manera nosotros caminaremos cerca de Él en esta semana y sobre todo durante el Triduo Pascual que empieza el jueves por la tarde, con la última cena, y termina con la vigilia pascual y el triunfo de Jesús.

Sintámonos como Iglesia que quiere acompañar el dolor de Jesús, su esposo, y pasar con Él de muerte a vida.

 
Imagen de Jeff Jacobs en Pixabay


 

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