Por Sergio Ibarra

Uno de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia Católica es la dignidad de la persona humana, principio que debe ser una expresión de la verdad íntegra sobre el Hombre, en mayúscula para referir a la humanidad, que debiese ser conocida y comprendida a través de la razón y de la fe.

A través del tiempo la Iglesia se ha debatido una y otra vez para defender este principio esencial social en la búsqueda continua de alcanzar coherencia, y un desarrollo equilibrado de la vida social, en los distintos contextos que se han debido enfrentar desde el nacimiento de la misma, desde que San Pablo y San Pedro se lanzaron al llamado de la fe, convocando a los laicos a ser y estar con los otros, con los indignados.

Las razones por las cuales este siglo XXI amaneció con más de 4,500 millones de pobres en el mundo obedecen a un sin fin de herencias. Me refiero específicamente al desarrollo tecnológico y urbano exponencial cada vez más demandante y paradójicamente más marginado. Tal parece que entre más tecnología y más urbanismo, más marginados. Marginados, un término que muchos aprendimos en la primaria cuando hacíamos márgenes en los cuadernos. Hoy es imperativo cambiarlo por indignados.

Indignados, no porque estén disgustados, sino porque son personas que han perdido total o parcialmente esto que el principio esencial de la Iglesia postula, que debiese ser responsabilidad de todos vigilarle y cuidarle. Quien lo pierde, pierde el respeto a su persona, a su cuerpo y a su espíritu, a vivir en condiciones mínimas para sentirse y sobre todo ser valorado por los demás.

Un desafío cada vez mayor para las autoridades civiles y religiosas, para empresarios, para profesionales, técnicos, académicos y padres de familia que no se resuelve regalando dinero o bienes, sino formando personas con el carácter para nunca dejarse vencer.

. Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de febrero de 2020 No.1284