Por José Francisco González, obispo de Campeche

El Evangelio de san Juan presenta siete “signos” (milagros). Estamos en el quinto de ellos (Jn 11,1-45). El primero fue el agua convertida en vino en el pueblo de Caná. En ese primer signo, interviene una Mujer, María, su Madre. Ahora, intervienen dos mujeres: Marta y María. Jesús está fuera de Betania. Por eso, le mandan un recado, porque su amigo, muy estimado, Lázaro está enfermo.

La familia era muy cercana a Jesús. A esa casa en Betania, cerca de Jerusalén, Jesús iba a comer, a descansar, a convivir. ¡Esa era la Betania de Jesús! Es la primera vez que el evangelio pone a Jesús como sujeto del verbo ‘agapâo’ (amar).

La petición de las hermanas tiene un tono de urgencia. Pero Jesús no parece entenderlo así. Se queda dos días más. ¿por qué no fue rápidamente a atender y dar la salud a su amigo, y así consolar a sus amigas? Si ya había sanado a un ciego de nacimiento (a quien no conocía), a un paralítico (otro desconocido), ¿por qué no repitió el milagro también con Lázaro? Los mismos discípulos no entienden el actuar de Jesús.

Llega Jesús, y dice que Lázaro está “dormido”. El desconcierto aumenta entre los que sabían, que llevaba ya cuatro días muerto. Marta es la primera que sale al encuentro de Jesús. Ella ha cultivado una fe profunda. Sabe que Él tiene poder ante cualquier enfermedad, pero… ¿ante la muerte? Eso es otra cosa. Ella llora y piensa: “Si hubiese llegado antes”.

ORIGEN Y FIN DE LA VIDA

Jesús responde: “¡Tu hermano resucitará!”. Ella replica: “En el último día resucitará”. En ese ambiente de tensión, Jesús hace una revelación muy importante: “Yo soy la resurrección y la vida”. En la Palabra estaba la vida y sin esa Vida nada existiría (cf. Jn 1). La Palabra, Jesús de Nazaret, es Dios, el origen y el fin de la vida, que al tomar carne humana la vuelve inmortal.

“¿Crees tú esto, Marta?”, interroga Jesús. Ella pronuncia una hermosa fórmula de fe: “Si, Señor, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que iba a venir al mundo”. Marta cree que en Jesús está la carne del Padre que quiere morar entre los hombres para hacerlos como Él.

Falta María, la otra hermana. Ella es más sigilosa y reservada que Marta. Está convencida, también, de Jesús y de su poder sobre la enfermedad. Pero, al igual que la hermana, no considera que tenga Él autoridad sobre la muerte. Las lágrimas bañan las mejillas de María. Llora María y hace llorar a Jesús. Los acompañantes de la familia hacen burla de Jesús, quien habla de resurrección.

LA PALABRA VENCE LA MUERTE

En ese contexto, Jesús da tres mandatos: “Quiten la piedra, Sal fuera y desátenlo y déjenlo andar”. La fuerza de la Palabra atraviesa la piedra y el silencio de la muerte. Las tres órdenes surten efecto. Marta, quien es muy práctica en las cuestiones de la vida, señala que el cadáver ya apesta. Lleva cuatro días en la tumba. Jesús le hace un amoroso reclamo: “¿No te he dicho, que si crees verás la gloria de Dios?”.

La gloria de Dios se revela en el hombre que vive plenamente, afirmaba san Ireneo de Lyon. Algunos, aún viendo, no creían. La fe no es una bandera para llevar con gloria, sino una vela que se sostiene entre lluvia y viento, en una noche de invierno. Lázaro salió de la tumba y se fue libre. No expresa palabra alguna, no aparece un agradecimiento. El centro de la enseñanza no es el milagro en sí, sino en señalar el lento y doloroso aprendizaje de la fe en Jesús, el enviado del Padre, el amante de la vida.

En esta contingencia que vivimos, alimentemos la fe, con palabras de Pablo (Rom 8, 11):

¡Cristo dará vida nueva al cuerpo mortal!