Por José Antonio Varela Vidal*

El 19 de marzo se cumplieron siete años desde la llegada del papa Francisco a la más alta jerarquía de la Iglesia católica, como es el pontificado. Es propicia la ocasión para preparar en las diócesis y comunidades las más diversas actividades, que lleven a profundizar en sus enseñanzas, sus gestos ante la sociedad contemporánea y algo que le gusta mucho, que se rece por él.

Recordemos que desde el inicio sorprendió (y desorientó) al no elegir un sobrenombre pomposo, sino que prefirió el del cristiano más humilde conocido sobre la Tierra, como fue san Francisco de Asís. Y, asomado ya al balcón de la Basílica de San Pedro por primera vez en el 2013, se presentó como un elegido “del final del mundo”, para asegurarse así un lugar entre los últimos. Lo demás es historia…

Un Cristo en la tierra

Pese a sus críticos, el “Papa simple” ha instalado un tipo de gobierno que ya los cardenales, reunidos antes del cónclave para su elección delinearon: que sea un padre para todos y un reformador.

Sobre lo primero, Francisco cumplió al insistir sobre el perdón misericordioso de Dios, así como la acogida y la atención por los más necesitados. Pensamientos como “la Iglesia no le cierra las puertas a nadie”, han consolado a quienes han visto que hoy se les “tiende puentes y no se levantan muros”.

En el caso de las reformas, las ha venido haciendo sin pausa, con el pulso firme y con medidas que van desde la transparencia financiera del Vaticano hasta la tolerancia cero a la pederastia, pasando por un pedido para que los pastores tengan “olor a ovejas”.

Esto se constata al releer el sentir de un arzobispo latinoamericano, que se expresaba así del sucesor de Pedro, a pocos días de que este visite su país años atrás: “Es un papa tan cercano, que no complica, no quiere terciopelos, no quiere esos homenajes del momento. Su mensaje nos invita a la emoción social, a no vivir con ese corazón asfixiado por lo material; sino abierto a la generosidad, a la solidaridad, al servicio”.

Un hijo de la Iglesia

A los desorientados les viene la pregunta sobre el por qué de estas actitudes y mensajes del papa Francisco, mientras hay quienes creen que es una pose de corte populista o una provocación. La explicación más clara es que el santo padre es un hijo del Vaticano II, de cuyos documentos se nutrió sin duda durante sus estudios y reflexiones. A esto, habría que sumarle también la aplicación de la encíclica Populorum Progressio del santo papa Pablo VI (1967) y los documentos del Celam, tales como Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida, habiendo sido Bergoglio el redactor principal de este último.

Temas como el papel de la Iglesia en el mundo actual, la nueva configuración de la jerarquía-pueblo de Dios y la nueva evangelización marcaron su ministerio pastoral. Asimismo, lo referido al diálogo ecuménico e interreligioso y la opción preferencial por los pobres, entre otras nuevas orientaciones que emanaron por años en todo su magisterio eclesial.

Consciente de la fuerza con que Dios alentaba estos esfuerzos, Bergoglio se mostraría dispuesto a dar más de sí, a desprenderse de las taras temporales y a vivir los valores de la solidaridad, la fraternidad, la justicia, la paz y el amor.

Es cierto que el santo padre hace cosas que “desorientan” a algunos… Sin embargo  y debido a su amplia actividad apostólica, invita a que la Iglesia camine sobre aquellas huellas que alguna vez le dieron mejores resultados y credibilidad…

Hay que recordar, finalmente, que al inicio de su pontificado habló de una Iglesia “pobre y para los pobres” que aún hoy se analiza… No obstante, él no estaba lanzando un eslógan, sino la convicción de que la Iglesia al proclamar el evangelio, “hace de la ayuda al necesitado una exigencia esencial de su misión evangelizadora”.

¡Larga vida al Papa Francisco!

*Periodista