Por José Antonio Varela Vidal

En medio de las acciones mundiales para salvaguardar la vida humana frente al Covid-19, se ha rememorado una fecha que es también trascendente: el 2 de abril. Fue cuando el hoy Papa san Juan Pablo II partió a la eternidad. Los católicos que aún lo lloran, le recuerdan como alguien que tuvo siempre un mensaje orientador para los hombres y mujeres de su tiempo. Y también porque lo hizo hasta el final, hasta que no pudo más…

“Con la fuerza de un gigante”, describió el Papa emérito Benedicto XVI este largo pontificado de 27 años, durante el cual reivindicó la esperanza del hombre en Cristo, “con una tendencia irreversible” que nadie pudo detener. Y esto no lo consiguieron frenar ni las balas, ni la censura y menos aún su larga enfermedad.

Juan Pablo Magno

Es evidente que el Papa Wojtyla utilizó su posición y su experiencia para impregnar las culturas con la naturalidad y la convicción de su ser cristiano, con un auténtico celo por la casa de Dios.

Los años de su pontificado dejaron un legado conformado por catorce encíclicas, quince exhortaciones apostólicas y cientos de mensajes, cartas y discursos a la humanidad. Entrañables fueron sus cartas a los niños, a las mujeres y a las familias, solo por citar algunas.

A esto hay que sumarle -entre otras innovaciones-, el renovado Código de Derecho Canónico que hoy rige a la Iglesia, así como el Catecismo de la Iglesia Católica y las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ), de las cuales es su indiscutible patrono.

Un hombre de diálogo

Con esa autoridad incuestionable pudo hablar, alzar la voz y reclamar en casi todos los idiomas conocidos de las diversas culturas. Tuvo un liderazgo de servicio, que le permitía retomar la senda del diálogo e invocar la tolerancia hacia las minorías étnicas o religiosas.

Y dio el ejemplo siempre: hablando a la mente y al corazón, sin medias tintas. Para eso aprendió lenguas difíciles y lejanas para él, a fin de comunicarse mejor en sus viajes a África, Asia, Oceanía o a América Latina. Y rezaba día y noche, no sólo en su oración personal, sino antes de recibir a alguien en una audiencia, fuera éste de cualquier religión o incluso ateo; dejaba de este modo que Dios mismo orientara esos famosos encuentros con líderes mundiales. Y de esta costumbre no se alejó nunca, ya que mientras estaba más enfermo, ¡más se arrodillaba!, de lo que fueron testigos todos hasta el final.

Hoy se puede constatar que todo lo que aportó a su tiempo lo hizo sin violentar ninguna cultura, ni credo ni menos aún a alguna raza. Lo hizo de manera intuitiva, como quien sabe dejar la huella de Dios en todo ser y cultura que se abre al Creador, y que acepta purificarse por medio de un Evangelio que libera y reconcilia a la vez.

Las reliquias del santo se veneran hoy en un altar lateral de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Allí lo visitan diariamente cientos de fieles, para encontrarse con su “Papa amigo”.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 12 de abril de 2020 No.1292