Por Sergio Ibarra

Se entiende por curiosidad, según la Real Academia, aquel sustantivo que designa la inclinación a aprender lo que no se conoce.

Existe un tipo de curiosidad, que es un poco amplia: aquella que a veces puede ser o es un tanto traviesa. Es decir, la curiosidad puede ser peligrosa e inconveniente, pero también impertinente, insurgente y hasta revolucionaria. Muchas de las mejores cosas que suceden en nuestras vidas son el resultado de la curiosidad.

La curiosidad se esconde casi en todas partes: su presencia o su ausencia demuestran ser el ingrediente mágico en una amplia gama de espacios del conocimiento sorprendentes. Es la clave para desbloquear los misterios de la humanidad.

Es con ella como el hombre se lanzó a la mar y se dio cuenta de que la tierra no era plana, o que la que daba vueltas es la tierra al sol y no al revés. Puede inspirar visiones, como el llegar a la luna y descubrir las telecomunicaciones, o explicar de una forma más profunda el fenómeno de la gravedad y por qué el cielo es azul. La curiosidad puede ser una fuente de inspiración y de poder.

La curiosidad puede agregar entusiasmo a nuestras vidas, y puede llevarnos más allá del entusiasmo; puede enriquecernos dando un total sentido de seguridad, confianza y bienestar. Los tiempos que hemos compartido de aislamiento y lo que están por venir precisan el cultivo de la curiosidad por parte de toda la sociedad por un mejor y mayor bienestar, justo y parejo.

La pandemia ha puesto a la vista lo vulnerables que somos no sólo en cuanto a nuestra salud, sino también en lo económico, sin distinguir nivel educativo o socioeconómico; más también ha puesto a la vista la desobediencia y la ignorancia, la intolerancia y la impaciencia ante una amenaza tan seria que separó lo útil de lo inútil.

Ante el escenario del regreso a la “normalidad” surgen preguntas como ¿cuáles serán los hábitos de limpieza preventivos que habrá que instituir y la forma de imponerlos a una sociedad tan indisciplinada como la nuestra? Como la sana distancia. O ¿cómo lograr que los comerciantes en vía pública y sus clientes al menos cuiden su higiene, si no ya la de los demás?

Con especial aprecio a todos los maestros, los maestros que enseñan esto que debería ser una virtud bien encauzada: la curiosidad.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 17 de mayo de 2020. No. 1297