Por Jaime Septién

Una de las frases que más han acompañado estos días de confusión, miedo, confinamiento y coronavirus, es la de mi admirado Bernanos: “La fe consiste en veinticuatro horas de duda al día, menos un minuto de esperanza”.

Es ese minuto el más luminoso, el que nos impulsa a seguir, el que nos da certeza de que no andamos errados, “como ovejas sin pastor”. Me recuerda el poderoso mensaje de san Juan Pablo II: “No tengan miedo de abrir las puertas a Jesús”.

Normalmente, tenemos las puertas cerradas. Nos sentimos “seguros”, aunque con la incertidumbre de qué habrá afuera. Si abrimos –temerosos– la puerta a Cristo, él entra, nos llena. Somos felices. Pronto, ay, demasiado pronto, volvemos a la indiferencia.

Pienso que tengo una imagen errónea de la fe. Me imagino a san Francisco, a santa Teresita, al propio san Juan Pablo II en volandas, como si no tocaran el suelo, como si no sintieran los ramalazos de la duda, los bofetones de la impaciencia, la amargura de los días en que todo parece un abismo.

Entonces viene mi mujer y me recuerda la “noche oscura” de san Juan de la Cruz; los largos años que santa Teresa de Calcuta pasó sintiendo que sus oraciones se le devolvían como dardos desde el Cielo. Yo no estoy en esa noche; más bien estoy en jornadas de una anodina mediocridad, amargas como “la negra leche del alba” del brutal poema de Paul Celan “Fuga de la muerte”.

Es entonces cuando busco ese minúsculo trozo de tiempo donde el miedo es vencido por la fuerza del amor de Cristo. Por su palabra. Por su camino, por su verdad. Por la vida plena. Es la fe que me heredaron mis mayores. Por la que puedo no tener miedo. Aunque sea por un minuto al día.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 17 de mayo de 2020. No. 1297