Por José Francisco González, obispo de Campeche

Una de las solemnidades más querida por el pueblo católico creyente es la de “Corpus Christi”. El olfato de fe de la gente sencilla descubre y admira (contempla) el gran misterio del Cuerpo y la Sangre del Señor, la Eucaristía.

Jesús, en la última cena, “entrega” su Cuerpo. A ese gesto, Él le da un valor sacrificial que coloca la carne de Cristo directamente en conexión con la cruz. Lo que Jesús entrega es su vida como verdadera víctima pascual, como bien lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. Nº 1362s). Bien lo anticipó Juan Bautista al señalarlo como “el Cordero de Dios”, y su sacrificio tiene una finalidad: perdonar los pecados del mundo y redimirnos.  San Cipriano, un Padre de la Iglesia, afirma que el sacrificio que Cristo ofreció al Padre mandó que se hiciese en su conmemoración, de modo que el sacerdote hace las veces de Cristo, imitando lo que hizo Cristo ofreciendo así un sacrificio verdadero y pleno a Dios en la Iglesia (Carta 63).

FINES DE LA MISA

Tiene varios fines; a saber: el primero: ALABANZA, toda la Eucaristía es una alabanza al Padre. Nuestra adoración se dirige a Él por medio del sacrificio redentor de Cristo. El segundo, ACCIÓN DE GRACIAS, como bien lo dice el Prefacio (antes del “Santo”). En la Misa damos gracias a Dios por todos los bienes y bendiciones que recibimos. Un tercer fin es PROPICIATORIO, pues con la Eucaristía, Dios remite los pecados de los vivos y de los muertos. Un cuarto fin es IMPETRATORIO, pues es una humilde plegaria para tocar el corazón del Padre al ofrecerle su Hijo.

EUCARISTÍA Y ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL

Cuando un diácono es ordenado sacerdote, después de la imposición de manos y la unción del crisma, el candidato recibe del obispo el pan y el vino. Se hace con estas palabras: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. En otras palabras, el sacerdote debe vivir el misterio del sacrificio de Cristo en su vida de todos los días.

San Alberto Hurtado afirmaba: “Para mí, la Eucaristía es mi vida; y mi vida una Eucaristía prolongada”.

La Eucaristía debe ser el centro de su vida sacerdotal y la fuente de su ministerio. La vida espiritual es, por tanto, su mayor prioridad. Debe llevar a Cristo a la gente. Debe conocer a Jesús íntimamente, para amar el rebaño.

El sacerdote debe celebrar la Misa todos los días, lo deseable es con fieles (aún en pandemia, vacaciones, etc.), lo ha mandado el papa Benedicto después del Sínodo sobre la Eucaristía. Participando de la Misa todos los días, el sacerdote identifica cada vez más claramente, en su ministerio, a Jesús, y lo lleva adelante con gozo y generosidad.

Sacerdotes: celebremos cada Eucaristía con el asombro y la gratitud con que hicimos la Primera. La tibieza espiritual menoscaba la vida apostólica. El fervor eucarístico nos enseñará los “modos” de Cristo para pastorear su grey. Fieles católicos: oren por sus sacerdotes. Su oración es muy necesaria para que ellos no se aparten del camino del Señor ni se enfríen del amor hacia Él.

Celebremos con gozo y dignidad la fiesta del Cuerpo de Cristo (Corpus Christi).

¡Este es el Misterio de nuestra fe!