El mundo está lleno de sufrimientos y lágrimas por represalias que se pueden evitar.

Por P. Fernando Pascual

En el hogar o en el trabajo es fácil que surjan represalias. Sobre todo, cuando una persona está convencida de que el otro actuó malamente y quiere que “pague” las consecuencias de su error.

Hay represalias pequeñas. En el hogar, uno mezcla la basura de modo equivocado y recibe un reproche. Luego, a la primera ocasión, el amonestado echa en cara al amonestador que haya dejado una luz encendida por largo tiempo.

También ocurren represalias pequeñas en la oficina. Un trabajador dejó estropeada la impresora. Su compañero se lo echa en cara. Varios días después, el compañero imprime por error cientos de copias inútiles: ocasión ideal para vengarse…

Hay represalias grandes, que provocan incluso muertos, y hasta guerras. En la frontera, los guardias dispararon por error y mataron a un ciudadano del país vecino. Al día siguiente, suenan los cañones del otro lado de la barrera y provocan la muerte de varios soldados…

Las represalias pueden parecer un desahogo: quien lleva dentro una rabia contra el otro encuentra cierto gusto amargo en devolver un golpe recibido en el pasado, como una especie de tomarse la justicia por su mano.

Pero las represalias generan muchas veces daños enormes en uno mismo y en quienes las tienen que sufrir. Si, además, se desencadena una serie de acciones y reacciones continuas, en espiral (me dañas, te daño, me vuelves a herir, te devuelvo el golpe), los males se prolongan en el tiempo, si es que no se hacen cada vez más graves.

Para romper la espiral de represalias dañinas, en ocasiones basta con no devolver un golpe recibido. No resulta fácil, sobre todo cuando uno piensa que el otro merece un escarmiento.

Pero sí resulta bueno para uno mismo y también para el otro, pues se evita el peligro de heridas mayores.

El mundo está lleno de sufrimientos y lágrimas por represalias grandes, que se convierten en guerras absurdas, y por represalias pequeñas, que hieren en un martilleo continuo las relaciones entre esposos, hermanos, amigos, conocidos.

Frente a tanto dolor, quienes saben perdonar, pedir perdón y, sobre todo, ofrecer cariño y paciencia a quienes pueden cometer errores, generan procesos de acogida, de respeto y, sobre todo, de paz, porque ayudan a evitar el daño continuo de las represalias.

Así se hace presente en el mundo lo que se esconde en una de las bienaventuranzas de Cristo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 21 de junio de 2020. No. 1302