Por José Francisco González, obispo de Campeche

Hoy toca celebrar a la Santísima Trinidad en medio de dos situaciones particulares y preocupantes; es decir, la pandemia, que sigue cobrando víctimas mortales, y la tormenta tropical “Cristóbal”, que ha dejado inundaciones y destrucción en todo el Estado.

En la Diócesis tenemos dos parroquias bajo el patrocinio de la Santísima Trinidad en su Divina Providencia. Una en Campeche, bajo la custodia y atención de los frailes franciscanos, y la otra, en Ciudad del Carmen, atendida por el clero diocesano.

La celebración litúrgica destaca que a la luz del misterio pascual se revela plenamente el centro del cosmos y de la historia: Dios mismo, Amor eterno e infinito. Toda la revelación se resume en tres palabras: Dios es amor (1Jn 4,8.16), y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla, sino más bien exaltando sus potencialidades

Cristo nos reveló el misterio de la Trinidad, y nos dijo que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una misma sustancia” (prefacio). Es Creador y Padre misericordioso. El misterio de la Trinidad es la fuente de donde brota toda vida sobrenatural. De Dios Padre somos hijos; del Hijo, somos hermanos y coherederos; del Espíritu Santo, santificados. Por eso, somos templos de la Santísima Trinidad.

Tres personas que son un solo Dios, porque el Padre es Amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor. Dios es todo amor, y sólo amor: amor purísimo, infinito y eterno. Es por eso, que las Personas de la Trinidad no viven en una espléndida soledad, sino que es más bien son fuente inagotable de vida, que se entrega y comunica incesantemente. Por eso, san Agustín llega a afirmar: “Ves la Trinidad si ves el Amor”.

Jesús mismo promete que pedirá al Padre que mande a los suyos el Espíritu Santo (abogado, paráclito). El primer abogado del ser humano es el Hijo encarnado, que vino para defender al hombre del acusador por excelencia: satanás.

MENSAJE DE LA TRINIDAD: LA UNIDAD

La unidad es una de las metas más difíciles de conseguir en la relación humana. El ir creciendo en unidad corresponde al crecer en la santidad. Como personas humanas, todos queremos la unidad, después de la felicidad. La necesidad de unidad es hambre de la plenitud del ser.  La unidad no la desean sólo los llamados al matrimonio, donde dos personas se unen para formar una sola carne, sino también, de modo diverso, en la búsqueda de bienes materiales o nuevos conocimientos, se da una necesidad de unidad.

Brinca la pregunta: ¿Por qué es tan difícil lograr la unidad, si todos la deseamos tan ardientemente? El problema es que queremos llegar a la unidad, pero girando en torno a nuestros propios puntos de vista. La dificultad es el individualismo egoísta. Por este camino nunca se llegará a conseguir la unidad.

La Trinidad es el verdadero camino hacia la unidad.  Las tres personas están unidas sin confusión; cada persona se “ensimisma” en la otra, se da a la otra y hace que sea la otra. En síntesis, Jesús nos lo dice en el Evangelio: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,11). La unidad consiste, finalmente, en imitar en nosotros Iglesia, la unidad de las Personas divinas.

¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!