Por P. Prisciliano Hernández Chávez CORC

La autorreferencialidad manifiesta una postura de orgullo y el mirar a los demás por debajo de sí mismo. Han existido posturas graves que han dañado a los pueblos como el absolutismo regio del “Ancien Régime”, antiguo régimen francés (1789-1799), o el estilo europeo de las monarquías absolutas. Las posturas absolutistas en los filósofos idealistas, materialistas, positivistas y pragmatistas; manifiestan la justificación del pensamiento único, unidireccional o un peligroso univocismo. Su traducción social puede encontrarse en aquellos sectarios religiosos o dictadores políticos. Lo que dicen es la verdad y lo que se tiene que hacer, si discusión ni consenso alguno.

Esto puede ser fruto de hecho de la “dictadura del relativismo”, denunciada por el Papa Benedicto XVI. Cada quien su verdad absoluta que lleva al verdadero caos o al pensamiento tiránico de quien ostenta el poder. He ahí la gran sabiduría bíblica cuando nos encontramos con el pasaje de “Babel” (Gn 11,1-9), la confusión de las lenguas; no hay entendimiento cuando cada quien absolutiza su postura de “llegar al cielo”, es otra manera de decir “ser como Dios”, esa tentación idolátrica que persiste en todo pecado; el hombre como fuente absoluta del bien y del mal, o en la mentalidad nietzcheniana, estar más allá del bien y del mal, con delirios de grandeza o “delirios de poder”, como dice el Papa Francisco (27 de mayo).

El dicho de san Agustín “unidad en lo esencial, libertad en lo accidental y en todo caridad”, es una gran divisa de respeto a la diversidad y esa búsqueda de lo que puede favorecer a todos en la caridad y manteniendo la unidad sobre todas las cosas. Este dicho es fruto de la reflexión agustiniana del Misterio Trinitario, del misterio del Dios Vivo y Verdadero, lo que podríamos llamar su consecuencia práctica sobre la   unidad de escencia y la diversidad de las personas divinas.

El misterio de Dios ha de ser visualizado en esa perspectiva del teólogo Ángel Cordovilla: “… Dios anhelado por el hombre, revelado en la Escritura (Biblia), confesado en los Concilios (principalmente el Credo Niceno-Constatinopolitano) y pensado en la teología… Es el mismo y único Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que no se avergüenza de ser llamado el Dios de los hombres”, como se señala en la Carta a los Hebreos 11, 16. (El Misterio del Dios Trinitario, Colección Sapientia Fidei BAC, 2012).

Este Dios anhelado se ha revelado como Padre a través de su Hijo Jesús y se nos ha autodonado en el Espíritu Santo. Ante el univocismo hay que darle el lugar que le corresponde a la “analogía”, como método y expresión cuando hablamos de Dios, aunque con humildad tenemos que afirmar ese gran abismo de inefabilidad respecto de Dios, salvo porque se ha acercado a nosotros y en virtud de la encarnación del Verbo, tenemos acceso a la Revelación del Dios Vivo. Siempre tendremos imágenes, o incluso el concepto de persona que ha surgido en las controversias teológicas de los primeros

Concilios de la Iglesia, para defender la unidad de la esencia divina y la diversidad de las personas, tenemos que hacerlo en perspectiva analógica; en parte es como lo pensamos, pero la realidad está más allá, porque  “Deus semper maior…”, -Dios siempre es mayor que lo que se pueda pensar, en dicho de san Anselmo. La reflexión del Dios que se ha autorrevelado y que ya será para siempre “el Dios con nosotros” se inicia desde las categorías de “misiones”,-misión,exapstéllo. El Nuevo Testamento nos afirma que Dios Padre “envió”,-míssio, a su Hijo (Gál 4,4; Jn 3, 17 y lugares paralelos), por una parte; por otra, afirma que Dios envía al Espíritu de su Hijo(Gál 4,6, Jn 14,26). O que el envío provine del Hijo de parte del Padre (Lc 24,49;Jn 15,26).

En esta perspectiva bíblica entendemos que la primera “misión” o envío, es del Hijo en forma visible e histórica  por su encarnación, muerte y resurreción; la segunda la del Espíritu Santo, fruto de la Pascua de Cristo, es el “envío” o la misión del Espíritu Santo en la historia, de modo invisible e inmanente a la Iglesia.

El Padre es el origen eterno y ontológico, -sin origen, del Hijo y del Espíritu Santo. Santo Tomás, nos ensaña que de esas misiones temporales, corresponden las procesiones eternas, del Hijo y del Espíritu Santo. Por eso hemos de entender que el Padre es el origen y la fuente de la historia de la salvación. Es diríamos, el “origen” eterno de la divinidad, de las otras dos personas divinas; no olvidemos el tema de la analogía aplicada al respecto: afirmamos, negamos y elevamos a la eminencia: afirmamos la semejanza, señalamos la desemejanza, y proclamamos la eminencia en Dios, sus misiones, procesiones, relaciones y personas. Las analogías para acercarnos al Dios Trinitario, la primera con su unidad y distinción la tenemos en San Agustín y Santo Tomás, que parten del conocer y el amar humanos; Ricardo de san Víctor ha preferido una analogía de carácter personalista, -por eso también los teólogos resucitan, las relaciones interpersonales del Que Ama, el Amado y el Amor entre ambos.

Como vemos estos conceptos teológicos están íntimamente concatenados. De aquí pasamos a las “relaciones” que en Dios son cuatro, que nos hablan de esa referencialidad que nos llevan al concepto de persona, iniciado por san Agustín y culminado por santo Tomás de Aquino.

En el misterio interior de Dios no hay accidentes; el concepto ha de ser relación subsistente, no tres sustancias, sino una sustancia o esencia divina y las relaciones subsistentes. Las procesiones, que el Hijo procede del Padre y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, da lugar a lo que se llama “relación”. La relación es el estar referido uno a otro. El fundamente es el hecho en el cual se basa la relación.

Así hablamos del Padre con el Hijo, es la “paternidad” que es la generación activa; del Hijo al Padre, es la generación pasiva o filiación; la relación del Padre y el Hijo con el Espíritu Santo, es la “espiración activa”; del Espíritu Santo al Padre y al Hijo es la espiración pasiva, quien es el mismo Espíritu Santo.

Así tenemos que la paternidad es la relación subsistente que identificamos con el Padre; la filiación es la relación subsistente que identificamos con el Hijo y el Espíritu Santo , que es la espiración pasiva, relación subsistente. Por eso la persona en Dios es una relación subsistente. En Dios todo es uno donde no obste la relación de oposición, es decir el Padre no es el Hijo, ni el Hijo el Padre, ni el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo.

Dios es la diversidad de relaciones. Por eso Dios es Amor, esencial en la comunión y comunicación. Se identifican con la esencia divina, pero cada uno la posee, el Padre como Padre, el Hijo como el Hijo y el Espíritu Santo como Espíritu Santo. Este es el dinamismo maravilloso del ser interior de Dios. Su ser es comunicación mutua y eterna.

De aquí se sigue como afirma Walter Kasper, algo decisivo para la persona humana, como imagen y semejanza de Dios: “El hombre no es ni ‘un ser en sí’autárquico (sustancia) ni un ‘ser para sí’ autónomo, individual (sujeto), sino un ser que viene de Dios y va a él, que viene de otros hombres y va a ellos; el hombre solo vive humanamente en las relaciones yo, tú, nosotros. El amor aparece como el sentido del ser” (el Dios de Jesucristo, pág 330).

Otro aspecto a considerar es la “perijóresis”, cuyo fundamento bíblico lo encontramos en San Juan 10, 38: “… el Padre está en mí y yo en el Padre; 14,11: “ Deben de creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no creen en mis palabras, crean al menos a las obras que hago”; 17, 21: “Te pido que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo Padre”.  Este término, “perijóresis” fue utilizado por primera vez por San Gregorio Nacianceno, que Santo Tomás lo traduce por circuminsessio, cicumincesión o circuminsesión; la palabra griega significa popularmente “danzar alrededor”, que es un movimiento circular rotatorio. Es la comunicación plena del Amor de Dios, Trino.

El Concilio de Florencia lo expresa así: “A causa de la unidad, el Padre está todo en el Hijo y todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre y todo en el Espíritu Santo; y el Espíritu Santo está todo en el Padre y en el Hijo” (Dz-Hünermann 1331). Dicho de otra manera: que hay una mutua y dinámica presencia de  inhabitación de las divinas personas entre sí.

Esto nos lleva a la cumbre de la experiencia cristiana: Dios uno y trino, entra en relación con el alma en gracia, en este nivel de participación que es difícil de explicar; en la línea de San Juan de la Cruz, casi al final del Cántico Espiritual (39,3-9) podríamos decir que una alma en gracia participa de la generación del Padre, de la Filiación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo, así es transformada; en nosotros es por participación, en Dios es por naturaleza. Solo un místico, puede hablar así. Para el justo, el alma en gracia, siempre es Pentecostés, el Espíritu que “invade”, no desde fuera, sino despliega su presencia desde dentro.

Pentecostés ha de entenderse como la donación del Espíritu Santo a la Iglesia en virtud de la Pascua del Señor Resucitado. Su humanidad santísima, su Corazón traspasado, es el mitente , diríamos el principio de comunicación, del Espíritu Santo a su Iglesia. Así nace la Iglesia, pero tomando en cuenta que, el Espíritu Santo es fruto del amor recíproco entre el Padre y el Hijo y que se nos donan los tres personas por medio de la comunicación del Espíritu Santo en la inhabitación en el alma del justo y en la Iglesia.Solo así se tiene una nueva humanidad: el Espíritu Santo abre a la comunión y a la comunicación de amor.

Por eso la Iglesia nunca puede ser prisionera de secesionismos, de cárceles ideológicas, políticas, raciales o culturales, o del pensamiento único, de derechas o de izquierdas, trasnochadas y que llevan en sí el bacilo de su destrucción. La unidad en la Iglesia no es unitarismo; se ha de dar esa pluralidad de comprensión, como lo señala el Papa Benedicto XVI.

Ni en la humanidad ni en la historia tienen lugar los tiranos, del pensamiento univocista, del pensamiento único, o de un solo librito, o de un acontecimiento de contingencia histórica que se eleva a categoría absoluta de principio como la Revolución. Es el Espíritu Santo quien nos lleva a vivir la vocación en la verdad y en el amor, el amor en la verdad.

La gran tristeza de quien ama a Jesucristo y está abierto a la acción del Espíritu Santo, es percibir la vida humana como la pasión del tener o el delirio del poder, en lugar de la dinámica del darse, que es lo que hace plenamente felices y realizados, en donde se respeta la unidad en lo esencial, como en Dios uno; se respeta la diversidad, cultural, caracteriológica, étnica, etc. por la diversidad de las personas, en lo accidental; pero en todo debe de existir la caridad. Este sería el trabajo de la edificación de la Civilización del Amor, la única que nos lleva a los Cielos nuevos y a la Tierra nueva, y no habrá de terminar jamás: su culmen es la gloria celestial.

Esta es la gran tarea de la Iglesia, y la gran tarea del cristiano en su fenómeno humano y divino, en su quehacer. Lo que dijo, santa Teresita (en el Espíritu Santo), nuestra vocación es el Amor. Es él quien tiene que encender en nosotros el Fuego de su Amor, quien es él mismo. No olvidemos que Pentecostés solo es posible con María la Madre de Jesús; Ella oraba con los Apóstoles, para pedir la comunicación del Espíritu Santo (cf Hech 1, 14; 2, 1). Por el Espíritu Santo, Zoontes- Dador de Vida, la Iglesia es una en la comunión y en la comunicación; santa, porque es vivificada por el Espíritu Santo, quien la lleva a la santidad de Dios; católica porque la acción de la Iglesia está destinada a todos los pueblos de todos los tiempos, culturas y lugares. Apostólica, porque ha sido edificada sobre los Apóstoles, cuya misión pervive en los Obispos.

La Iglesia no es una realidad del pasado, vive constantemente por la efusión del Espíritu Santo. El es quien lleva a la Iglesia a la verdad completa; hace realidad los sacramentos, como principio vivificante. No hay Iglesia sin Pentecostés, no hay Pentecostés sin la Santísima Virgen María.

Todo lo expuesto nos lleva a volver al interior para tener esa experiencia del Espíritu Santo, siempre en comunión con la Iglesia, “plebs adunata Trinitate”,-multitud aunada por la Trinidad, dicho de san Cipriano. Al vivir extrovertidos, muere nuestra vida interior. Desde, en y por el Espíritu Santo, se puede gozar la vida de Dios, y en el silencio del a oración y de cierta pasividad interior,  se puede gozar la presencia gozosa del Espíritu Santo, quien es paz, gozo, descanso, en el Señor.

No nos quedemos con el Dios teorizado; debemos pasar al Dios sentido en el Corazón, por la oración, el silencio y la limpieza de conciencia. Así tendremos la humanidad nueva creada según Dios; no según Babel, confusión.