Por Jaime Septién

Rara vez, por no decir casi nunca, ocupamos un espacio para hablar de la importancia del periodismo católico impreso. Nos sabemos siervos inútiles que solo hemos cumplido con nuestro deber, como Cristo mismo nos enseñó a decir.

Pero hay momentos en los que un elemental sentido de la urgencia nos obliga a decirlo con todas sus letras: El Observador impreso no debe estar condenado a morir por la crisis económica que estamos padeciendo.

El editor de la revista America de los jesuitas en Estados Unidos, John-David Long García, comentaba en un artículo reciente este tema. Además de hablar de las obvias ventajas de la letra impresa sobre la imagen y del papel sobre la pantalla, adelantaba una hipótesis que, de verdad, me cimbró: dejar de imprimir el semanario para hacer solo el periódico digital es poner a la economía por encima del Evangelio.

Cierto: se necesita menos personal; el soporte es muy barato; la calidad terminará imponiéndose; la publicidad se está yendo a lo digital; puedes llegar a millones de personas… Pero ¿y los lectores? ¿Qué decirles a quienes quieren profundizar en los signos de los tiempos; quienes apuestan por guiar su vida con criterios sólidos; aquellos –son todavía muchos– que no están dispuestos a cambiar las verdades eternas por los vaivenes de la moda? ¿Los vamos a abandonar?

No. No los vamos a dejar solos. Aunque sean muy pocos. Dios nos dará la fuerza, los recursos, el talento y el valor para continuar imprimiendo El Observador. Él sabrá cómo. Pero no vamos a morir sin dar la pelea. Pienso en este momento en la señora Felissa, de 88 años. En la madre Rebeca Pruneda, que en paz descanse. En don Arturo Szymanski, que de Dios goza. En tantos que nos han dicho que somos parte de su vida. ¿Cómo nos vamos a ir por la puerta trasera? Solo seguiremos pidiendo oraciones y lectores. Lo demás, como dicen en el pueblo, “Dios proveerá”.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 7 de junio de 2020. No. 1300