Esto, que vivió en primera persona un sacerdote de los Misioneros de Guadalupe, se lo contó hace veintitantos años a un miembro del equipo de redacción de El Observador:

Misionaba en Japón, pero vino de vacaciones a su natal México, y se hospedó en la sede de su instituto misionero en Tlalpan. Entonces llegó una llamada telefónica para pedir que un sacerdote confesara a un enfermo, y el misionero se ofreció a ir de inmediato.

Llegó a la casa, cuya puerta encontró abierta, y entró. Halló al enfermo, un hombre muy mayor, solo, en una cama. Lo confesó y luego extendió un corporal sobre un buró, puso ahí el porta-viático y le dio la Sagrada Comunión al anciano.

Regresó el sacerdote al instituto, pero sólo al día siguiente se percató de que había olvidado el corporal. Tratándose de un objeto litúrgico, debía recuperarlo.

Fue a la casa y estuvo llamando tan insistente e infructuosamente a la puerta que una vecina de la vivienda de al lado le informó que la casa en que estaba tocando estaba sola y abandonada desde hacía años.

Desconcertado, el misionero le contó cómo el día anterior había dado ahí los sacramentos a un anciano. La mujer lo invitó entonces a entrar a su casa y a mirar por su patio de servicio al de la casa vecina.

Pero el sacerdote, entonces muy joven, tenía la misión de rescatar el sagrado paño olvidado, así que no dudó en brincar al otro patio e introducirse en la parcialmente derruida casa, llena de telarañas.

Encontró la cama del enfermo, vacía, y el buró cubierto de polvo pero con el blanquísimo corporal extendido, tal como él lo había dejado el día anterior.

Muchas personas han escuchado anécdotas como ésta en todas las épocas. Dios, Señor del tiempo y del espacio, a veces realiza este prodigio de hacer coincidir el ministerio de un sacerdote con un penitente del pasado que buscaba el sacramento de la Confesión y que no lo alcanzó. Es que “Dios quiere que todos se salven” (I Timoteo 2, 4). Y, si se mueren en pecado mortal el destino es el Infierno.

¿Eso significa entonces que se condenan quienes, arrepentidos y bien dispuestos, anhelan o intentan recibir el sacramento de la Confesión y no lo logran? No. Dice el salmista: “Un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias” (Salmo 51, 17). Por eso, para casos así, la respuesta es la contrición perfecta.

TEMA DE LA SEMANA: PERDÓN SIN SACERDOTE?: LA CONTRICIÓN PERFECTA

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 7 de junio de 2020. No. 1300