XXII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (Mt 16,21-27)

Por P. Antonio Escobedo c.m. y seminarista Víctor Guerra

El domingo pasado meditamos el pasaje donde Pedro reveló que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo. En el evangelio del día de hoy se presenta la continuación

de ese pasaje.

Jesús indica que tiene que ir a Jerusalén. Lo necesita para completar la misión que Dios le ha encomendado. Lo que sorprende a los discípulos es que Jesús vaya a “padecer mucho”. La declaración parece no tener sentido: ¿cómo puede un hombre muerto salvar a alguien? ¿Por qué Dios enviaría a alguien a hacer algo así? ¿Cómo puede un Mesías morir la humillante muerte de la cruz en vez de una gloriosa muerte en el campo de batalla? ¡Qué confusión habrán experimentado!

Pedro entra en escena. No puede entender las palabras tan dramáticas de Jesús. Inquieto como solemos conocerlo, no lo piensa mucho y, tomando a Jesús, lo lleva a un lugar privado. Seguramente habrá pensado que Jesús estaba teniendo un mal día y tendría la responsabilidad de prevenirlo de hacer algo que pudiera lastimarlo. Pedro tiene buenas intenciones, incluso se dirige a Jesús como Señor.

El problema es que lo trata como un Señor caído que debe ser ayudado a ponerse de pie. Pedro no ha entendido el papel que le corresponde porque está tratando de salvar al Salvador. En ese momento Jesús encara a Pedro y le dice palabras que aturden los oídos: “¡quítate de delante de mí, Satanás!”. Es una reacción que no estamos acostumbrados a ver en Jesús. ¡Vaya enojo!

A pesar del enojo Jesús ayuda a Pedro indicándole cuál es su lugar. Observemos que las palabras de Jesús nos remiten al final de las tentaciones en el desierto donde dijo: “vete, Satanás” (Mt 4,10). La diferencia es que Jesús mandó a Satanás que se retirara mientras que el mandato a Pedro es que se ponga detrás. Jesús le indica la posición que debe ocupar. Jesús no rechaza a Pedro, simplemente lo corrige. Cuando Pedro tomó a Jesús se puso en frente pretendiendo llevar la batuta. Al ponerse ahí la Roca se convierte en Piedra de Tropiezo; todavía peor, se convierte en Satanás.

Al igual que Satanás trató de persuadir a Jesús de tomar el camino fácil (convierte estas piedras en pan, realiza algo espectacular, póstrate ante mí y te daré el mundo), también Pedro intentó que Jesús abandonara el camino angosto y difícil. Por eso Jesús también se dirige a sus discípulos y les advierte la necesidad de tomar la cruz. El camino de la cruz no es fácil de entender porque, a fin de cuentas, una cruz es donde la persona muere. La cruz lleva a pensar en el final de la historia, pero Jesús dice lo contrario: no es el final sino el principio porque cualquiera que quiera salvar su vida la perderá y cualquiera que pierda su vida la encontrará.

Recuerdo que cuando era seminarista una persona muy amiga me hizo varias preguntas para confrontarme: “¿Qué ganas con eso? ¿Qué ganas invirtiendo tu tiempo en la oración, experimentando el silencio y la soledad?” Le respondí que buscaba algo diferente a lo que nos ofrecía la sociedad moderna, porque una vida superflua solo me llenaba de vacío.

Hoy, después de varios años como misionero, puedo decir que siguiendo a Jesús he ganado la vida. En mi ser misionero he descubierto que la cruz de Jesús me permite experimentar lo más profundo de la existencia.

Ser misionero implica muchos riesgos pero son secundarios al ir detrás del Señor. Jesús no nos quita la cruz pero sí nos da la vida. Y tú, ¿qué ganas siguiendo a Jesús?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de agosto de 2020. No. 1312