Por P. Fernando Pascual

Considerarse como los mejores, los justos, los progresistas, los triunfadores, es algo que caracteriza a un buen número de personas que se consideran de izquierdas.

Su actitud podría ser llamada “puritanismo izquierdista”. Existen, desde luego, puritanismos derechistas (quizá menos frecuentes), o de centro, o de otras tendencias humanas.

Entre los aspectos del puritanismo izquierdista, destaca ese continuo declarar que los otros serían enemigos de la sociedad, retrógrados, injustos. A menudo, para estigmatizar con fuerza una propuesta “enemiga” se recurre a la palabra “fascista” o “ultra”.

Cuando el puritanismo de izquierda etiqueta a otros como fascistas, busca lo que considera la mayor condena, la descalificación que tumba a los adversarios y los coloca en la lista denigratoria de los autoritarios y enemigos de la democracia.

Desde luego, un puritano izquierdista puede reconocer que también entre sus afines existe corrupción o se cometen errores que pueden dañar a un país. A pesar de ello, el puritano presume de su limpieza profunda, sobre todo si se considera un convencido antifascista.

Pero la realidad nunca puede quedar atrapada por etiquetas fácilmente puestas a los otros o autoimpuestas a uno mismo. Porque hoy, como ayer, los buenos y los malos están presentes en todos lados. Y porque ayer, como hoy, en las izquierdas y en las derechas conviven los sinvergüenzas y los honestos, los violentos y los dialogantes.

Por eso, cuando superamos el puritanismo (de izquierda o de derechas) y empezamos a ver a cada ser humano como es en sí mismo, los ojos, la mente y el corazón son capaces de descubrir que incluso en el “enemigo” (llámese fascista o comunista) hay aspectos buenos o malos que los prejuicios no alcanzan a reconocer.

Dejar de lado el puritanismo izquierdista (y cualquier otro puritanismo) es posible con buena voluntad, sentido común y, sobre todo, amor a la verdad. Una verdad que en ocasiones cuesta, pero que siempre engrandece el corazón al dejar a un lado mentiras y errores dañinos.

Entonces ya no se incurrirá en la pretensión de ser los únicos mejores ni de condenar a los otros como enemigos a destruir, sino que se abrirán espacios al sano debate público que tanto ayuda a promover convivencias basadas en la justicia y en la búsqueda sincera del bien para todos.