Por P. Fernando Pascual

Los “expertos” hablan sobre economía, sobre salud pública, sobre el clima, sobre las creencias de la gente.

Hay expertos para muchos temas, y se hacen más presentes en situaciones de urgencia, como una epidemia o una crisis económica.

Algunos expertos ofrecen afirmaciones sobre el presente y sobre el futuro con una seguridad que parece convincente.

“La vacuna estará lista para la próxima primavera”. “Las exportaciones empezarán a aumentar en el verano”. “El paro disminuirá en el próximo año”.

A veces aparece algún que otro experto que, con datos más o menos concretos, reconoce sinceramente: “La verdad, no sabemos todavía cómo se desarrollará la epidemia en los próximos meses”.

Un experto así puede tener más o menos informaciones (como los expertos que hablan con seguridad y convencidos de lo que dicen). Lo que le caracteriza es una posición de fondo: no tengo (no tenemos) datos suficientes para hacer previsiones fiables.

Ese experto, por lo tanto, reconoce su ignorancia. Eso puede parecer algo normal, pues cada ser humano sabe algunas cosas y desconoce muchas otras.

Pero no es tan normal reconocer en público la propia ignorancia. En parte, porque nos gusta dar una apariencia de personas bien informadas. En parte, porque no nos gusta mostrar nuestra falta de conocimientos, sobre todo cuando se supone que tendríamos que conocer un tema con mayor exactitud.

Ante tantas voces de especialistas y de expertos muy seguros de sí mismos y, en bastantes ocasiones, que se contradicen unos a otros, la existencia de otros expertos que reconocen su ignorancia nos ayuda a recordar lo difícil que son ciertos temas, acerca de los cuales es difícil dar con respuestas claras y “seguras”.

Sobre todo, los expertos que reconocen la propia ignorancia hacen más visible la necesidad de un esfuerzo constante y serio por conocer mejor los hechos que más nos interesan para así alcanzar opiniones sensatas, muchas veces provisionales, sobre el mundo en el que vivimos.