XXXIII Domingo tiempo ordinario (Mt 25,14-30)

Por P. Antonio G. Escobedo Hdz.

Hoy en día, cuando escuchamos la palabra talento, tendemos a pensar en una habilidad especial como el talento musical. Sin embargo, en el tiempo de Jesús, un talento era una medida de peso y de dinero. No tenía nada que ver con las habilidades. Probablemente un talento equivalía a 6 mil denarios, es decir a 6 mil días de trabajo. Por lo tanto, un talento representaba alrededor de 16 años de salario para una persona normal.

El señor llama a sus siervos y les confía sus bienes: cinco talentos al primero, dos al segundo y uno al tercero. Notemos que el señor podría haberle dicho exactamente a cada siervo cómo usar su dinero, pero no lo hace. En su lugar, muestra gran confianza al dejarlos en libertad para usar los recursos. Todavía más, trata a cada uno de ellos de manera especial otorgándoles el dinero que pueden negociar conforme a sus habilidades.

En los siervos que recibieron cinco y dos talentos encontramos mucho entusiasmo: tienen iniciativa, salen inmediatamente, trabajan, toman riesgos y ganan el 100%. Nadie tiene que motivarlos. Ellos están emocionados porque se les ha confiado un gran tesoro y pueden construir algo a su gusto. El siervo que recibió un talento, sin embargo, cava un hoyo y entierra el dinero. De acuerdo con la ley rabínica, la persona que enterraba el dinero en un lugar secreto dejaba de tener responsabilidad sobre ese dinero. Por lo tanto, si se pierde no se le puede culpar. Este siervo actúa evadiendo su compromiso y responsabilidad frente a su señor.

Cuando el señor regresa recompensa a los dos primeros siervos de manera sorprendente: en lugar de darles una recompensa para que se fueran a descansar, les aumenta su carga de trabajo. Con ello podemos entender que el servicio, y no el retiro, es la meta del discipulado cristiano. El ministerio de amor no debe ser una carga porque tiene el potencial de ser un gran gozo.

Después de la felicitación, la parábola se enfoca en el siervo con un talento. Este siervo se dirige al señor en un tono defensivo. Espera que si el señor entiende las razones de su fracaso, entonces podría escapar del castigo. Sin embargo, el señor critica al siervo por fallar. La clave para entender este duro juicio se entiende al apreciar que el señor dio a los tres siervos un gran tesoro. Los primeros dos confiaron en su señor. Sabían que él los respaldaría. Si hubieran pensado que el señor los castigaría por cada error, no habrían tenido el valor suficiente para arriesgarse. El siervo con un talento, sin embargo, actuó por miedo. No siente amor ni cariño por el señor. No entendió que el señor es generoso con cualquiera que dé lo mejor de sí, incluso si llegase a obtener una mínima ganancia. No descubrió que si alguien, poniendo su mayor empeño, llega a fracasar, el señor le comprendería y hasta le dará una nueva oportunidad.

El mayor talento que se nos ha confiado es el Evangelio de un Dios que arriesga incluso a su propio Hijo para redimir a la humanidad. ¿Valoraremos este tesoro que Dios ha puesto en nuestras manos?

Algún sabio comentó que un barco en el muelle está a salvo, pero los barcos no se hicieron para eso. Así también un cristiano silencioso está seguro, pero los cristianos no son para estar callados. ¿Nos atrevemos a anunciar el Evangelio?