Por Marieli de los Ríos

A medida que fuimos prolongado el confinamiento nuestra actividad en redes sociales incrementó considerablemente y con ella, las diversas expresiones de pensamiento.

Entre el enojo, el estrés, el miedo y el aburrimiento, tomaron forma los discursos que se publicaban como catarsis, como reflexión pero que, a su vez generaban respuestas expeditas pero cargadas de emociones, a veces positivas mostrando apoyo o coincidencia de pensamientos pero, muchas de ellas, impregnadas de odio que se expandía como olas llegando a otros internautas que se sentían empoderados a medida que la cadena de respuestas aumentaba.

Algunas razones pueden ser, en primer lugar, que es más fácil pelear contra alguien a quien no le vemos el rostro y quien no ve el nuestro, así, esgrimimos argumentos o lanzamos palabras sin conocer a nuestro contrincante. No peleamos contra alguien, peleamos contra la o las palabras que nos tomaron desprevenidos y pusieron a prueba algo “muy nuestro”. 

El rostro del otro interpela, decía Lévinas; exige una conducta ética, pero en una red social ese rostro permanece oculto y en el anonimato y esto empodera al interlocutor y lo autoriza para desacreditar, insultar, menoscabar o lastimar sin reconocer la exigencia del respeto que proviene del encuentro cara a cara. La invisibilidad de los involucrados avala los ataques y parece que los legitima.

En segundo lugar, está el hecho de que una palabra puede ser el detonante perfecto que ponga a prueba las certezas construidas y que, al no reflexionar por la inmediatez de la navegación supone en un interlocutor una agresión que éste toma e interpreta de forma personal y ante la que responde con la misma agresividad que el post le generó.

Aquí hay dos notas relevantes: un post en redes anula la capacidad de reflexiva de las personas y, en segundo lugar, pero provocado por la cancelación de la reflexión, es el hecho de la provocación que ocasionan algunas palabras que descubren las falsas seguridades y los cuestionables métodos de construcción de certezas epistemológicas que tenemos las personas. Cuando tu suelo firme se tambalea lo lógico es defenderlo, no pensar si merece la pena que se mueva.

¿Qué hacer para clausurar la multiplicación de estos discursos que pueden herir profundamente? Cerrar las cuentas y no ser partícipe de ellas parece no ser la mejor opción ya que, así como son propagadoras de violencia también pueden ser multiplicadoras de acciones positivas, por ende, la solución hay que pensarla desde otra perspectiva: la madurez social a la que aspiramos como ciudadanos y como personas.

Recuperar el espacio virtual y reconvertirlo en uno público en donde se promueva la libertad de expresión y las redes se vuelvan el ágora pública donde se debatan ideas, propuestas, reflexiones, iniciativas, puede ser más constructivo siempre y cuando seamos capaces de analizar el contenido de las palabras que vertimos en esos espacios en blanco.

Este análisis debe consistir principalmente en regresar las palabras a su contenido original y a su sentido primario, esto reduce las posibilidades de una hermenéutica incorrecta y de una sobrecarga de significados incompletos y descontextualizados.

También es necesario aceptar que, en cualquier acto de comunicación hay cabida tanto para el consenso como para el disenso pero jamás lo habrá para las agresiones e incitaciones al odio. El disenso no debe ser, en modo alguno, justificación para la violencia.

Hacer un frente común que no permita ni la aparición ni la propagación de odio en las redes sociales es una acción aún pendiente en nuestras sociedades mediáticas, sin embargo, si no lo detenemos ahora, un día, cualquiera de nosotros, será víctima de ellos y ese día recordaremos que tuvimos la oportunidad de pararlos y no lo hicimos.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 29 de noviembre de 2020. No. 1325