Tiempo de Navidad (Lc 2,22-40)

Reflexión dominical del 27 de Diciembre de 2020

Por P. Tony Escobedo c.m.

En el evangelio de este domingo Lucas relata la presentación de Jesús en el templo. Se trata de una consagración y redención del hijo primogénito donde se reconoce que el niño es santo para el Señor. La redención conmemora la liberación del pueblo de Israel a través de la última plaga: la muerte de los primogénitos en Egipto. Por lo tanto, todo primogénito de Israel debe ser redimido para evitar que sea sacrificado. Para tal efecto se ofrecían cinco siclos de plata en el templo.

Durante la presentación de Jesús en el templo aparece Simeón. Lucas enfatiza las cualidades de este anciano: es justo y piadoso, ha pasado su vida esperando la consolación de Israel, el Espíritu Santo estaba sobre él y le había revelado que no moriría hasta que hubiera visto al Mesías. De esta manera, cuando encuentra a José y María reconoce que el pequeño que traen entre sus brazos es el Mesías. De inmediato toma al bebé en sus manos e invoca a Dios diciendo: “ahora puedes dejar a tu siervo ir en paz porque mis ojos han visto tu salvación”. Seguramente, Simeón a través de los años, había orado cientos de veces, había tenido cientos de esperanzas y sufrido un sinnúmero de decepciones. Finalmente su sueño se realizó y ahora podía morir en paz. Dios había recompensado su espera.

Después de alabar a Dios, Simeón bendice a la Santa Familia y luego se dirige a María. Le dice que una espada traspasará su alma. En los evangelios, encontramos varios momentos donde parece que Jesús se distancia de su familia (Lc 8,19-21), o cuando parece no estar de acuerdo con María (Jn 2,4). Seguramente, esos fueron tiempos dolorosos para María. Además, ella no podía dejar de ver que Jesús levantaba grandes controversias que la habrán angustiado sobremanera. En la cruz, la espada que hiere el costado de Jesús no habrá sido tan dolorosa como la espada que hería el corazón de madre. ¿Qué podría ser más terrible que ver a su hijo ejecutado como un criminal común? Dios ha honrado a María escogiéndola para ser la madre del Mesías, pero tal honor no la exentaba del dolor.

Después de que Simeón habla con María, el evangelio hace mención de Ana, la profetiza. El evangelio la describe como una mujer piadosa que no se apartaba del templo sirviendo de día y de noche. Ana siempre estaba ahí para el Señor. Podemos suponer que era una mujer llena de fe. Al igual que Simeón vivió “esperando la consolación de Israel”. Pero la gran virtud de esta mujer es que pudo reconocer que Jesús era el Mesías de Dios.

Nosotros vivimos en un mundo muy ocupado e impaciente. Queremos satisfacción inmediata y odiamos que nos tengan esperando. Creo que nos toca aprender que cualquier cosa digna de alcanzar requiere mucho tiempo para realizarse. Cuando nuestros sueños no se realizan en un día, necesitamos tener en mente que Dios sigue obrando, sigue preparando aquello que más necesitamos. Necesitamos orar, no solamente por el regalo, sino también por la paciencia para esperar a que Dios lo revele.

Simeón y Ana esperaron años para encontrarse con el Mesías; nosotros ¿sabremos esperar lo suficiente para que se manifieste delante de nuestros ojos? ¿Tendremos la vista preparada para reconocerlo en este mundo lleno de distractores?