Por P. Fernando Pascual

Un reloj se descompone. Una lámpara deja de funcionar. Unas manzanas se pudren. Un mueble queda cubierto de polvo y herido por la carcoma.

El mundo material que nos rodea está sujeto a cambios. Muchos de esos cambios implican daño, desgaste, destrucción.

Por otro lado, existe un mundo espiritual que dura, que resiste a las acometidas del tiempo y a los golpes de la vida.

Lo que guardamos en la conciencia, lo que escogemos en un acto libre, lo que surge desde nuestro amor, no puede destruirse: dura para siempre.

Por eso, lo más importante es invertir en lo que vale, en lo que permanece, en lo que construye puentes entre los hombres, en lo que nos acerca a Dios.

“No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben” (Mt 6,19‑20).

Cada día encauzo mi mente y mi corazón a tantas posibilidades. Lo que cambia, lo que está sometido a la caducidad, puede ser útil durante días o meses, pero tarde o temprano termina.

Lo que dura por encima de todo flujo, de toda erosión, de toda enfermedad, es aquello que hacemos desde Dios y que nos lleva a amarle a Él y a los hermanos.

El mundo cambia, con más o menos velocidad. El cielo permanece, porque recibe a quienes han sido salvados por la Sangre del Cordero.

En cada momento decido cómo invierto mi vida, una vida en la que se mezcla lo mudable y lo eterno. Lo primero terminará, tarde o temprano. Lo segundo será acogido por Dios, y durará para siempre…