Por Miguel Aranguren

La vida es bella, entre muchas razones, porque nos ofrece la oportunidad de conocer personas extraordinarias. No suelen sobresalir, no se presentan a golpe de trompeta ni nos las topamos en las revistas o en la televisión (salvo contadísimas excepciones). Para descubrirlas, dada su normalidad, es necesario ponerle freno a la tolvanera en la que anda convertida nuestra rutina. Es preciso, sí, aprender a observar para que no nos pasen desapercibidas.

Cuando se marchan las echamos de menos, y nos arrepentimos de no haberlas disfrutado más y mejor, de no haber puesto todo el empeño en aprender de ellas.

Don Luis de Moya ha sido un hombre extraordinario que le ha dado sentido a mi vida. Don Luis de Moya ha sido un sacerdote santo que le ha dado sentido a mi fe. Escuché hablar de él, por primera vez, hace veintinueve años, poco después de que salvara la vida en un terrible accidente de carretera. Las secuelas fueron irreversibles: desde entonces no pudo mover su cuerpo, salvo la cabeza y con muchas limitaciones. Pero el golpe no afectó a su brillante inteligencia ni, mucho menos, a su ministerio: concelebraba la misa –sin elevar las manos en el momento de la Consagración ni impartir la bendición con el consabido gesto– y destinaba todo el tiempo que le era posible a confesar en uno de los oratorios de la Universidad de Navarra, hasta su muerte, hace unos días.

He tenido la suerte de tratarle, de recibir sus consejos, de que escuchara mis pecados y me diera la absolución. He tenido la fortuna de percibir en su dolor el dolor de tantas personas en una situación parecida a la suya. He conocido su buen humor, su carácter fuerte (exigía a quienes se encargaban de sus cuidados que lo hicieran bien, para que percibieran la dignidad suprema de los enfermos) y su afición por recolectar setas en el monte, adonde acudía con aquella silla eléctrica que manejaba con la barbilla y que fue la excusa para el título de su autobiografía: Sobre ruedas.

Fiel del Opus Dei, hizo del trabajo el medio principal de su santificación. A la labor ministerial sumó la pasión con la que cada semana elaboraba un boletín informativo –Fluvium–, que distribuía por las redes. Y entre sus prioridades, el amor por la vida. La suya, clavada durante tres décadas a una durísima cruz que nunca le borró la alegría, y la de todos aquellos que, al no soportar el sufrimiento, piden la inyección letal. La de don Luis no fue una lucha teórica contra la eutanasia; fue un testimonio activo que le llevó a salir en busca de los desesperados, a quienes brindaba su amistad y su historia de superación para que no se rindieran. Se sabía hijo de Dios; hijo predilecto de Dios por su tetraplejia. Me hizo ver que no hay nadie que deba ser excluido de la experiencia de ser amado.

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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de diciembre de 2020. No. 1326