Por P. Fernando Pascual

Hay pecados que se repiten una y otra vez. El mal hábito tiene raíces profundas. La lengua está fuera de control. Los ojos han perdido la limpieza. El corazón está encadenado a la avaricia por bienes materiales.

Surge entonces la tentación del desaliento. Una voz interior susurra que no podremos dejar ese vicio, que el pecado es más potente que nuestros mejores propósitos, que el arrepiento parece más fachada que realidad.

Frente a esa tentación, el cristiano puede recordar el mensaje de Cristo, que nunca deja de amarnos, que tiene una paciencia infinita, que ofrece a todos la misericordia.

Es cierto que no podemos cruzarnos de brazos como si no tuviéramos nada que hacer: muchas veces resulta posible tomar propósitos realmente eficaces en un simple nivel humano.

Pero también es cierto que reconocer la paciencia misericordiosa de Dios nos da ánimos, nos permite levantarnos nuevamente, nos impulsa a pedir perdón en el sacramento de la penitencia.

Esa paciencia divina se explica simplemente como parte del amor. Un amor que nos creó. Un amor que sigue presente en la redención. Un amor que no se cansa de buscar, por más lejos que esté, a la oveja perdida.

Por eso, cada vez que el pecado nos muerda de modo repetitivo, casi monótono, podemos levantar nuestro corazón para mirar al cielo y renovar nuestra confianza completa en la misericordia divina.

Entonces se hará presente, en este momento particular de mi vida, el gran mensaje de Cristo, que vino no por los justos, sino por los pecadores (cf. Mc 2,17), y que se ha presentado como el Buen Pastor dispuesto a dar la vida por cada una de sus ovejas… (cf. Jn 10).