Por Tomás de Híjar Ornelas

“Si te retienen, insultan, atacan, pegan o amenazan, no te confundas. Eso no es amor. No te confundas, ni siquiera es “amor del malo”, ¡no es amor!” Texto del cartel en una marcha feminista

Dedico esta nota el Día Internacional de la Mujer a tres que fueron fundamentales para mi vida.

Dos sólo por serlo recibieron malos tratos de cónyuges, mis abuelas paterna y materna, y a mi madre, que ni recibió ni hubiera tolerado de su esposo de toda la vida (55 años) un trato así, para lo cual aportó sabiduría y cordura a la relación.

Al sufrimiento y compromiso de la madre católica mexicana por la familia y de la vida el poeta tapatío Benjamín Sánchez Espinoza, Fr’Asinello (1921-2012), compuso una estrofa insuperable, donde describe como ingredientes esenciales un núcleo que no ha de diluirse así nomás: “En el amor, ibera; en el creer, romana; / en el sufrir, mexica y en el vivir, cristiana, / fuiste compendio vivo de nuestra Patria Suave / –ebullición de razas en cósmico crisol- / cuyo imperial espíritu católico no sabe / cómo es, en sus dominios, el ocaso del sol”.

Y como el mismo día, 7 de marzo del 2021, un grupo de mujeres, bajo el estandarte del victimismo y el “empoderamiento” que da la impunidad, profanó el templo de San Damián y San Cosme en la ciudad de Oaxaca, encapuchadas y armadas con palos, y luego de ingresar a la fuerza al recinto ya en su interior destruyeron lo que pudieron, incluso imágenes sagradas, uno se pregunta por el significado profundo de un episodio más de la guerra violenta que se ha desatado en el Occidente cristiano a favor del “derecho” al aborto provocado, es decir, a la interrupción consentida del embarazo no sólo sin infracción de por medio, sino hasta con garantías de parte del sector sanitario.

Más que irónico en tal batalla fueron sus reclamos “¡Justicia!”, “¡No más agresiones!” y “¡Ni un agresor más en el poder!”, en tanto que uno de sus argumentos consistió en destruir un patrimonio que es de la humanidad y lanzar un escupitajo a la fe católica.

Y bien, mientras esto pasaba en un lugar esencial para entender el indocristianismo en América, al otro lado del mundo, en Irak, donde la presencia cristiana agoniza, el Papa Francisco concluyó una visita apostólica que tuvo como propósito sembrar un mensaje de unidad en las religiones para que nunca sean trinchera de poses fanáticas, es decir, de “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”.

Casi con temeridad, el obispo de Roma fue al corazón geográfico del monoteísmo para darle voz a la presencia cristiana en el mismo ámbito donde le declaró guerra a muerte una organización criminal autodenominada “Estado Islámico”, de tan negro recuerdo.

La presencia de Francisco en Irak la han calificado los analistas como “un apoyo rotundo a la institucionalidad de un país clave en la estabilidad de Oriente Próximo” pero devastado por la invasión estadounidense del 2003, de cuya progenie es el ISIS; también, como un puente inédito entre el cristianismo y la rama chií del islam.

Nos deja así el Papa, a todos, cristianos o no, un modelo para construir la fraternidad desde el compromiso personal y directo por el diálogo y las raíces culturales que compartimos todos los que reconocemos a Abraham como nuestro padre en la fe.

Esperemos, al calor de los hechos primeramente descritos, que la Arquidiócesis de Antequera – Oaxaca abra una mesa al diálogo y a ruta crítica a propósito del asunto de las mujeres mexicanas que sólo por ello siguen sufriendo un vicio que debe desaparecer, la hegemonía machista, pero no a golpes y barbarie, sino con métodos tan racionales como eficaces.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de marzo de 2021 No. 1340