5º Domingo de Cuaresma (Jn 12, 20-33 )

21 de Marzo de 2021

Por  P. Antonio Escobedo c.m.

“Y había algunos griegos, que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de Pascua, los cuales se acercaron a Felipe y le pidieron: Señor, quisiéramos ver a Jesús”.

Los griegos que aparecen en el evangelio podrían ser de Grecia o de la Decápolis (un conjunto de diez ciudades gentiles cerca de Galilea con grandes poblaciones griegas). Según el ambiente de Pascua es probable que sean judíos prosélitos, es decir que se habían convertido a la fe judía. Tal vez aparecen en el evangelio de Juan anticipando la llegada de gentiles a la comunidad de creyentes como parte de la visión universal de la muerte salvadora de Jesús.

Estos fieles griegos se acercan a Felipe. Seguramente lo hacen porque les atrajo su nombre griego y porque era de Betsaida, una ciudad que se encontraba cerca de la Decápolis. Sin pensarlo mucho le piden ver a Jesús. Con su visita,  Jesús reconoce que su hora ha llegado y anuncia que cuando sea levantado, atraerá a todos hacia Él. No obstante, el evangelista no nos dice si el Señor aceptó encontrarse con ellos, porque después de recibir la noticia, empieza con un bello discurso. ¿Por qué este silencio? Para encontrar al Señor deberán esperar hasta el momento de la crucifixión donde se les revelará su identidad: “Jesús Nazareno, el Rey de los Judíos”. Recordemos que ese título estaba escrito sobre la cruz en hebreo, latín y griego. Podemos suponer que el Señor quería que los griegos identificarán su verdadera misión. No pretendía darles discursos. Buscaba más bien, que descubrieran que la hora de su muerte es su resurrección, exaltación y glorificación. Quería que lo vieran ahí porque su muerte es el regalo de sí mismo por la vida del mundo; en la cruz se muestra el verdadero amor del Padre.

Nosotros ¿Tenemos el mismo deseo de los griegos por ver a Jesús? ¿Seremos capaces de reconocerlo al estar colgado del madero de la cruz?

Jesús vio el poder de la cruz cuando el resto del mundo solo veía el poder en su forma tradicional (dinero, fuerza, influencia política, etcétera). La historia ha demostrado que la visión del Señor es la correcta. Su sufrimiento y sacrificio, definitivamente, han traído a gente de todo el mundo hacia Él. Queda garantizado que el poder salvador no tiene límite porque el camino del sufrimiento y del servicio conduce a un Reino que tiene como esencia el amor del Padre.

Enfrentar la cruz fue una experiencia terrible para Jesús. Incluso llegó a sentir miedo y angustia. En ese instante, se pregunta “¿le voy a decir a mi Padre: Padre, líbrame de esta hora?” Él contesta con un rotundo “¡no!”, añadiendo, “precisamente para esta hora he venido”. Notemos que en lugar de realizar una oración por su propio bienestar Él prefiere rezar “Padre, glorifica tu nombre”. Con su petición percibimos el deseo supremo de Jesús para que el poder del mundo actual, que lastima y daña, se coloque en las manos del Padre, que cuida y protege a sus hijos.

La oración de Jesús tiene una respuesta inmediata con lo que se ratifica que el Padre jamás abandona a su Hijo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La gente que estaba presente no reconoce la voz divina, consideran que es un ángel o un trueno. Lamentablemente no están acostumbrados a escuchar al Padre y por eso no lo reconocen cuando habla.

Nosotros también tenemos necesidad de oír al Padre. ¿Podemos reconocer su voz en medio de un mundo que no sabe guardar silencio?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de marzo de 2021 No. 1341