Por María Elizabeth de los Ríos Uriarte

Hace seis años, el Papa Francisco nos alertaba de que la crisis que vivimos a nivel social es la misma que se atestigua en el medio ambiente y que, por lo tanto, había que actuar rápidamente y tomar medidas que frenen la sobreexplotación de los recursos naturales y la recuperación de las relaciones humanas y fraternas.

Esta semana celebramos la semana “Laudato si” en donde hacemos un alto para examinar la necesaria interconexión entre todas las realidades y todas las criaturas que habitamos esta Casa Común. Bajo el entendido de que, precisamente por esa interconexión de realidades, quedamos afectados de muchas maneras, tratamos de recordar el clamor de la tierra que no es otro que el clamor de los pobres.

Desde la erosión de las áreas ecológicas y la explotación de la biósfera, pasando por el consumismo creciente que acumula toneladas de basura y contamina los entornos naturales y nuestros océanos, hasta los sistemas económicos vigentes que se rigen por la lógica acumulativa y dejan fuera a los que no pueden sostener la vida en sus niveles más básicos. Urge replantear nuestro ser y nuestro quehacer de cara a la vida nueva en la fraternidad a la que también nos invita el Papa en su encíclica Fratelli Tutti.

Pequeñas acciones pueden marcar grandes diferencias. Revisar estilos de vida y modificarlos bajo la mirada de la “sobria felicidad” practicando la austeridad y la sencillez como andamios que nos permiten hermanarnos unos a otros, son sólo algunos ejemplos que podemos tomar para cambiar.

La falta de entendimiento entre los pueblos y las naciones, como hoy lo es el resurgimiento del conflicto bélico entre Israel y Palestina, sólo dejan ver la mezquindad y el egoísmo que nos domina. Sabernos hermanos y vivir la fraternidad implica algo más que buena voluntad, conlleva la responsabilidad de ver al hermano caído, frágil y vulnerable y no pasar de largo sino conmovernos con su sufrimiento hasta que esa moción llegue a tocar nuestras fibras más sensibles y provoque en nosotros un cambio de actitud y de pensamiento que nos lleve a preguntarnos: ¿Qué he hecho yo para que mi hermano esté en esas condiciones? En el fondo, es la pregunta que Dios le hace a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”

Ante esta pregunta directa y sin titubeos, la respuesta más acertada debiera referir la mirada a esos muchos que hoy son descartados y que han sufrido las peores consecuencias en esta pandemia: las personas sin hogar y que viven en la calle, los niños y las niñas que no pudieron continuar sus estudios por falta de acceso a la tecnología y al internet, los presos y presas en los centros penitenciarios que no cuentan con las condiciones higiénicas necesarias ni con las medidas de protección adecuadas y necesarias, los ancianos que viven su soledad en el más absoluto silencio del confinamiento, las mujeres que han sufrido y siguen sufriendo violencia familiar y social, los migrantes y refugiados que han quedado varados en los centros de detención o que han fallecido ahogados en las aguas feroces de la indiferencia de las naciones. En fin, un sin número de “descartados” que sólo reflejan un descuido de nosotros mismos, de los que nos rodean y del entorno que habitamos.

En estos días que estaremos recordando la necesidad de cuidar la tierra y hermanarnos más con ella, ojalá que desarrollemos actitudes y reflexiones que nos permitan abrir el corazón y la mente para escuchar el clamor de los pobres que no pueden quedar separados del clamor de la tierra. Asumamos la capacidad de asombro para que nos abra a la posibilidad de, como decía San Ignacio de Loyola en el preámbulo de los Ejercicios Espirituales y a propósito del año ignaciano que comienza el 20 de mayo, “alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor”.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 23 de mayo de 2021 No. 1350