Por P. Antonio Escobedo C.M.

Este domingo celebramos la fiesta de la santísima Trinidad. No es superfluo que lo dediquemos a celebrar explícitamente a nuestro Dios que es Padre, Hijo y Espíritu, porque son los que dan pleno sentido a nuestra existencia cristiana. Las lecturas del día de hoy nos presentan un retrato vivo del Dios Trino, no a partir de definiciones filosófico-teológicas, sino a partir de sus actuaciones tal como lo describen algunos pasajes bíblicos. Ahí presenciamos a un Dios tan cercano a nuestra vida que ha hecho de Israel su pueblo elegido, que le ha dirigido su Palabra, que lo ha librado “con mano brazo fuerte y poderosa” de la esclavitud y que, a los que hemos sido bautizados en su nombre, nos ha concedido el regalo de ser hijos suyos.

¿Quién es Dios? ¿Cómo es ese Dios en quien creemos? Recordemos que a Dios no se le conoce a partir de ideas o teorías, sino de acontecimientos y actuaciones salvadoras. Es un Dios que nos ha creado admirablemente, que luego se ha mostrado salvador y liberador, ha dirigido su palabra al pueblo que ha elegido y que ha liberado de la esclavitud. A lo largo del Antiguo Testamento aparece claramente como perdonador, rico en misericordia, cercano a su pueblo. Esta cercanía se hace más palpable en el Nuevo Testamento, porque aparece como el Padre de Nuestro Señor Jesús. Un Dios que amó tanto al mundo que envió a su propio Hijo como salvador. Así se hizo Dios con nosotros.

Pablo, en el pasaje de hoy, da un paso más: el Espíritu de Dios ha hecho que los que nos dejamos llevar por Él seamos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos. Así, en compañía de Jesús, podemos gritar: Abba, Padre.

Ciertamente, el Dios de la Biblia es un Dios cercano, no meramente filosófico. Es un Dios que es Padre, que ha entrado en nuestra historia, que nos conoce y nos ama. Un Dios que es Hijo, que se ha hecho hermano nuestro, que ha querido recorrer nuestro camino y se ha entregado en la cruz por nuestra salvación. Un Dios que es Espíritu y nos quiere llenar en todo momento de su fuerza y su vida.

En un mundo como el nuestro donde parece estar de moda no creer en Dios, donde la fe no cuenta en los programas políticos, culturales ni sociales, nos enfrentamos a una pregunta fundamental: ¿quién es Dios para mí? ¿Es un ser supremo al que le tengo miedo, o es un Padre y un Hermano que está junto a mí y me quiere llenar de vida? ¿De verdad creemos, aunque no lo comprendamos plenamente, en ese Dios que se presenta a sí mismo como compasivo, misericordioso y rico en clemencia?

Si alguien presentara a algún ateo los retratos de Dios que nos ofrecen las lecturas de hoy, ¿seguiría negándose a aceptarlo en su vida? Si se dieran cuenta de que nosotros no creemos en un libro o en una doctrina o en un Ser lejano, sino que vivimos como hijos y como hermanos. Si pudiéramos mostrar que gracias al Espíritu obtenemos fuerza y ánimo para amar, para construir un mundo mejor, para luchar por la justicia, tal vez sería más creíble nuestro testimonio. Tal vez así, haríamos más fácil el acceso a otras personas a ese Dios trinitario.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de mayo de 2021 No. 1351