Por P. Fernando Pascual

Un edificio puede durar mucho tiempo. O puede ser demolido en pocos días.

Una palabra tiene un significado estable, casi permanente. Pero con el pasar del tiempo adquiere matices nuevos, cambia de sentido.

Una persona mantiene, por largo tiempo, un modo de actuar sereno, apacible, simpático. Tiene, sin embargo, momentos de cambio, que le llevan a comportamientos imprevisibles.

El mundo que conocemos abarca y combina permanencias y cambios. Hay cosas y personas que duran más o menos tiempo. Hay cosas y personas que cambian, rápidamente o con procesos lentos.

Los filósofos han discutido y discuten ante esta síntesis de situaciones que parecen contrarias, pero que a veces resultan ser armonizables, como si ciertos cambios ayudasen a nuevas permanencias, o lo permanente pudiera ser fuente de cambios.

Junto a los filósofos, casi todos nos asombramos ante lo que permanece durante siglos, como las estrellas, y lo que cambia en instantes, como el estado de humor de algunos.

¿Por qué hay realidades que duran tanto, y otras que cambian? Incluso las que duran, ¿tienen garantía de “eternidad”, o tendremos que reconocer que no hay nada estable bajo el sol, como decían los antiguos?

Muchos se esfuerzan por permanecer en su buena salud, en su estabilidad económica, en la armonía de las relaciones. Pero ninguno puede impedir que se produzcan cambios que destruyen las “permanencias” que parecían más seguras.

Por eso, necesitamos aprender a convivir junto a lo que permanece mucho tiempo, aunque a veces nos gustaría que cambiase, y lo que cambia con menor o mayor velocidad, por más que deseemos que fuese duradero.

Al mismo tiempo, podemos ampliar la mirada y reconocer que existe en el horizonte algo que permanece sin desgaste: el amor de Dios, que da sentido a todas las duraciones y los cambios.

Las duraciones (permanencias) y los cambios son características constitutivas de nuestro universo. Dentro de él nacimos un día más o menos lejano el tiempo, y tendremos que dejarlo cuando llegue la hora de entrar en el mundo de lo eterno…

Imagen de Steven Weirather en Pixabay

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