Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

El origen de la Iglesia se remonta a la santa Trinidad. ¿Desde cuándo? San Pablo nos dice alborozado en la carta a los efesios: “Por Cristo, Dios nos bendijo con toda clase de bendiciones espirituales en el cielo, antes de la creación del mundo para que por el amor fuéramos consagrados e irreprochables en su presencia”. Esta es la fecha sin tiempo del origen de la Iglesia. Antes de crearnos ya Dios pensaba en nosotros.

Este proyecto, guardado por los siglos en Dios, lo realizó en nuestra historia eligiendo a un pueblo. Inició esta aventura con Abraham, “nuestro padre en la fe”.

Por la descendencia de Abraham nos llegó la bendición de Dios y brilló en la persona de Cristo en el momento culminante de la historia. En Cristo y por Cristo se desbordó la sabiduría y el amor de Dios sobre el mundo entero; por eso la Iglesia es ahora el “signo e instrumento de la unidad de todo el género humano”. Al Pueblo de Israel, rescatado de la esclavitud del faraón y de los ídolos, le fue manifestando su voluntad y educándolo en el uso de la libertad. Tanto Moisés como los futuros jefes de Israel: Josué, Samuel, Gedeón, el Rey David desempeñaron servicios de conducción y educación del pueblo. Todos ellos ejercieron ya el triple ministerio del que participamos ahora los cristianos; fueron guías y salvadores de Israel, porque supieron hacer de las crisis oportunidades de crecimiento y gracia; ofrecieron sacrificios como sacerdotes; anunciaron la palabra de Dios y cantaron sus alabanzas como profetas, y guiaron y sirvieron al pueblo como reyes-servidores.

Asumidos por Cristo estos tres ministerios, los comunicó al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia; por eso, los fieles laicos son sacerdotes, profetas y reyes-servidores desde el bautismo. Pero ¿dónde queda el sacerdocio ministerial, el sacramento del Orden, el sacerdote que perdona los pecados, que celebra la eucaristía, predica el Evangelio y responde ante la comunidad?

Leyendo con atención los Evangelios, descubrimos que Jesucristo no sólo es profeta, que habla palabras de Dios, sino que enseña con autoridad propia: Yo les digo…, porque él es el único Maestro; los demás somos discípulos. Vemos que no sólo es Rey-servidor, sino que es Pastor, el único Bueno, el que da la vida por sus ovejas. Pero –y esto es notable- los evangelios no llaman “sacerdote” a Jesucristo.

No quiso ser equiparado al sacerdocio judío, cuyo culto él vino a purificar. Es la carta a los Hebreos la que lo presenta como el gran Mediador e Intercesor nuestro ante Dios, ejerciendo un sacerdocio más grande que el de Melquisedec. Es Cristo nuestro Pontífice, el que entró con su propia sangre en el santuario del cielo. Por tanto, Jesucristo no sólo es profeta, sino Maestro; no sólo es servidor, sino Pastor; y él ejerce un sacerdocio único, eterno e inmaculado, movido por el Espíritu Santo, que no ofrece víctimas de animales, sino su propio cuerpo y sangre para el perdón de los pecados. De aquí se deriva el sacerdocio ministerial, el del sacramento del orden sacerdotal. Ambos sacerdocios, el bautismal y el ministerial, se originan del mismo y único sacerdocio de Jesucristo, pero uno al servicio del otro. El ministerial para el bautismal. Para eso el sacerdote ordenado es también Maestro, Pontífice y Pastor, no para provecho propio, sino para hacer posible el sacerdocio de los fieles. La mutua estima y la perfecta coordinación entre fieles laicos y presbíteros hará posible la Iglesia sinodal, como la pensó Jesucristo. Tanto los integrantes de la orquesta como su director, deben tocar la misma partitura; sólo así se escuchará la armonía del Espíritu Santo: la Sinodalidad.