Si el cuerpo expresa a Dios, hay una forma de criar desde la Teología del Cuerpo para mejorar relaciones, fe y el amor familiar.

Por Viviana Cano

Desde que conocí la Teología del Cuerpo, me ha sorprendido el amor con el que Dios nos pensó y cómo creó a la familia (los hijos y el matrimonio en sí), como un medio de santificación.

Algo que me ha encantado, es descubrir cómo nuestro cuerpo habla del amor de Dios y cómo nos recuerda a un Cristo encarnado en cada persona.

Estamos hechos desde el amor y para el amor. ¿Alguna vez te has puesto a pensar en la profundidad de este hecho, la encarnación?

Honestamente yo no lo había comprendido en la profundidad de mí ser. No había entendido que mi cuerpo reflejaba el amor de Dios y que, por eso, cada uno de nosotros somos responsables de mostrar el amor de Dios, ese amor del que estamos hechos, y de ver a los otros como un don (es más, ni siquiera me percibía a mí misma, como un don).

Cuando empecé a interiorizar esto, me invadió un gozo tremendo, fue como si por fin estuviera encontrando respuestas a mis anhelos profundos. Pero al mismo tiempo me llené de una gran tristeza…

¿Cuántas veces he despreciado (consciente o inconscientemente) a los otros? ¿Cuántas veces no he tratado con amor a mi esposo, a mis hijos? ¡A mi propia familia!

Recordé uno de los momentos de mi conversión cuando, después de muchos años, un buen día el Señor me llamó para ir a verle en Misa con un ardor del Espíritu Santo (de ese del que no sabes cómo llegas, y cuándo reparas, sólo te ves a ti misma ahí, en ese lugar).

La homilía hablaba del amor y yo en mi oración le decía al Señor que lo amaba. De pronto, sentí en mi corazón como si Él me contestara con la misma lectura: “hipócrita, me dices que me amas, pero no eres capaz de amar a tu prójimo”. Ese día lloré en la Comunión porque sabía que no podría comulgar hasta hacer una buena confesión.

Fue un llamado fuerte, pero a la vez tan amoroso que también me llenó de esperanza y fue una invitación a reconciliarme con Dios. Pasó el tiempo y rondaba en mi cabeza esta idea: “debe haber una relación entre la Teología del Cuerpo y la crianza de los hijos”.

Y es que, si el cuerpo expresa a Dios, significa que la forma en la que interactuamos con nuestros semejantes, pero específicamente con nuestros hijos (más que lo que les decimos), les enseña a establecer prioridades, les da una forma de ver las relaciones, la vida, la fe, la moralidad y el amor familiar. ¡Supe que tendría que existir una forma de criar desde la Teología del Cuerpo o con la mirada fija en ella!

Meditando en lo anterior, creo que algo que nos puede ayudar a tener una visión sobre la forma de relacionarnos con nuestra familia sería tener en cuenta dos cosas:

 El Amor es encarnado:

Como ahora sabemos, la Teología del Cuerpo nos enseña que Dios nos regaló un cuerpo que es capaz de expresar amor. La vida familiar es entrega encarnada.

Dios entrega a los padres cuerpos para poder abrazar, sostener, cargar y acurrucar a nuestros hijos, para hacerles sentir su inmenso Amor en formas reales y tangibles.

No es suficiente ser cariñosa con los demás, debemos también estar preparadas para recibir amor de los otros, (dar y recibir) esto puede ser a través de las palabras, los actos de servicio, la presencia y el afecto.

Mientras más física sea la relación con nuestros hijos, mucho más se desarrollará la capacidad de sentir y dar amor, y mucho más íntima será la expresión de amor. Se formará un vínculo reforzado con los padres, esa pertenencia que buscamos aún de mayores se verá fortalecida.

Las neurociencias afirman este punto: el afecto físico estimula el crecimiento de los nervios y la mielinización (el crecimiento del recubrimiento de las neuronas hace que estas trabajen con mayor rapidez
y eficiencia).

Los actos de servicio son otro punto fundamental para mostrar el amor; al estar formando almas y familias, es importante saber que todas nuestras acciones hablan.

 El amor es íntimo:

¡El amor genera intimidad, comunión! Fuimos creados para ser “escuelas de amor” que nos ayuden a experimentar, en la mayor medida posible, el gran amor que Dios tiene para nosotros.

Por eso estamos invitados a elegir estilos de crianza que nos ayuden a relacionarnos a través de los niveles más profundos de intimidad posibles, en donde se puedan desarrollar vinculaciones profundas, en los que se promueva un dialogo abierto y cordial que nos permita acompañar a nuestros hijos a conocerse.

Donde les enseñemos cómo descubrir que ellos mismos son un don y cuáles son sus dones, cuáles son sus deseos profundos, entre otras cosas, y que esas inquietudes se verán saciadas (respondidas) sólo en el amor de Jesús.

Como padres, es necesario reconocernos como un don para nuestra familia (hijos, esposo, comunidad). Pero también debemos dejarnos ver y sanar por Jesús, para poder recibir el don que se nos ha dado en los otros.

Debemos estar atentos y en constante oración para darnos cuenta cómo vivimos y recibimos las entregas de todos los días.

Así, cuando fallemos, tendremos presente en nuestra mente y corazón que el Señor y nuestra familia están ahí para nosotros y que son ellos quienes nos sanan y nos santifican.

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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de junio de 2021 No. 1354