Por Marieli de los Ríos Uriarte

De regreso a la Torre para su convalecencia, Ignacio sentía dolor, más por sus sueños truncados que por su pierna quebrada y ahí, en ese venírsele la vida encima, comenzaba la entrada a la otra Vida, una que no conocía y menos aún percibía, pero que fue dejándole ver esa cara de su personalidad y su carácter que tanto le asustaba: su fragilidad y vulnerabilidad. Justo los dos estados donde el Padre nos enseña más su mayor fuerza.

Si bien aquí comienza su conversión, ésta no termina ni aquí, ni en Manresa, ni en Jerusalén, ni en Roma ya fundada la Compañía, su conversión perpetua, porque nunca deja Dios de asombrarnos y es por eso que se preocupó en enseñarnos a seguir las pistas de la misma identificando las muchas mociones del alma y su derroteros para que Libre de toda afección desordenada, pueda en todo hallar y hacer la voluntad de Dios.

Las muchas noches oscuras, el tedio, el dolor, la angustia, la soledad, la insoportable destrucción de sus ideales, hacen de este tiempo uno muy propicio para sosegar el espíritu y replantearse la vida, ahora, de cara a algo más, sin saber aún que ese más sólo era una forma diferente de seguir ensimismado en sus propios anhelos. Pero Dios se vale también de esos cambios sutiles para colarse en nuestras entrañas y sembrar Su palabra en nuestros corazones.

Unas veces quedaba exhausto y sin energía después de soñar despierto y otras altamente motivado. Sin conocer bien por qué pasaba esto comienza a descubrir que el alma humana es agitada por varias mociones y que unas conducen al desierto, al que más tarde llamará “desolación” y otras a la fuente de agua viva a la que denominará “consolación”. ¿Quién suscita unas y otras? Aún faltaba descubrirlo.

Como buen testarudo y obstinado que era, decide seguir esas mociones que le llevaban al ensanchamiento del alma y lo dejaban extasiado: hacerse igual a los santos de los que había leído por ausencia de los libros caballerescos que tanto pedía en su casa. Ser un Santo Domingo o un San Francisco era ahora su meta: no se percataba aún que Dios habla distinto a cada uno y nos llamada a cada uno por nuestro nombre.

Confiado en ese estado, emprende pues el camino de su conversión teniendo Manresa como puerto de salida hacia lo que se presentó en su postración como el camino correcto: Jerusalén. Pero Dios quiso que su horizonte se fracturara de nuevo haciéndolo quedar en Manresa un tiempo bastante más prolongado que el que inicialmente se había propuesto.

El hombre propone y Dios dispone y qué bueno que haya sido así en la vida de Íñigo porque fue ahí en Manresa donde sucedió lo mejor de la herencia ignaciana: los Ejercicios espirituales.

Íñigo vive intensamente la pobreza en este tiempo en un intento por despojarse de sus aires nobles y de sus obsesiones por su físico pero sigue siendo él quien se dicta penitencias extremas y quien va marcando lo que creía firmemente como su conversión. Muchos excesos dejaron huellas imborrables en él y una salud mermada pero en su cueva, donde vive de modo austero con terribles disciplinas autoimpuestas y siete horas de oración en rodillas diariamente, dieron un fruto que hoy conservamos como invaluable: el discernimiento de espíritus.

Ignacio todavía no advierte las trampas del mal espíritu que mortifica más a los que se empeñan en ir de bueno en mejor como él y por eso entabla verdaderas batallas con los escrúpulos que le aparecen en su alma y lo torturan por su vida pasada, pero Dios no abandona mucho tiempo en la desolación sólo permitiéndola para ver cuánto realmente necesitamos de Él y socorre a Ignacio permitiéndole experimentar los efectos del buen espíritu que consuela y anima pero como los tiempos de Dios son siempre exactos, ya para entonces Ignacio había escrito lo que iba experimentando en diversas mociones, sus entradas, sus efectos, a dónde conducían, en cuáles estaba Dios y en cuáles él mismo, y también había escrito maneras de orar para procurar el conocimiento interno de la voluntad de Dios que van desde la Encarnación hasta la Resurrección y atraviesan nuestra vida pasada con dolor por los pecados cometidos pero con esperanza de entregar toda la libertad, toda la voluntad, toda la memoria y todo el entendimiento al único Rey cuyo Reino no se desvanece nunca.

Decidido, emprende esa entrega total en su camino hacia el santuario de la Virgen de Montserrat donde, en una noche de vigilia para velar sus armas, cambia sus ropas por las de un mendigo y deja su espada en señal de que, a partir de entonces, necesitará otras armas para enfrentar al enemigo.

TEMA DE LA SEMANA: SAN IGNACIO: EL CABALLERO DE LA FE

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de agosto de 2021 No. 1360