Por Marieli de los Ríos Uriarte

Todavía atravesado por sus anhelos caballerescos que lo acompañarán toda su vida, Dios empieza a tener un lugar más preponderante en su vida y con ese lugar más amplio para entrar y habitarlo, Ignacio se vuelve soldado de un Ejército mayor.

Lo que sigue en su vida, son caminos arduos, turbulentos y a veces accidentados entre Jerusalén y Roma pero Ignacio ha aprendido a ver que aún en esos acontecimientos tormentosos o, incluso, chuscos como cuando la mula decidió el destino de la Compañía en vez del ataque al moro, Dios habla y que, en la medida en que discernamos nuestras batallas en la vida nos acercaremos o nos alejaremos más a nuestro Principio y Fundamento.

Sería demasiado extenso colocar aquí otros episodios de la vida de San Ignacio que fueron igualmente significativos en la herencia que nos dejó, sin embargo, de lo narrado vale la pena extraer dos grandes enseñanzas retomando que no el mucho saber harta y satisface el alma sino el gustar las cosas internamente:

En primer lugar, la biografía de San Ignacio nos muestra un hombre herido, desde su nacimiento hasta sus últimos días. Ignacio tuvo muchas heridas en su vida, lo acompañó mucho dolor y sufrimiento aunque él siempre se cobijara en sus aires de grandeza y superioridad, buscaba constantemente el aprecio y el reconocimiento de los demás, signo incuestionable de muchas carencias que se fraguaban en su interior.

No obstante, este carácter fuerte y extrovertido que lo volvieron terco y obstinado fueron el caldo de cultivo de una vocación inquebrantable más allá de las fronteras de la vida religiosa, a la constante búsqueda de la voluntad de Dios en la vida diaria. Pidiendo la gracia deseada del conocimiento interno de esa voluntad, poniendo en práctica las herramientas para el discernimiento de espíritus, imaginando y componiendo el lugar para entrar a la oración, realizando los coloquios con Nuestra Señora para pedir Su intercesión, y regresando una y otra vez al entendimiento de haber sido creados para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, San Ignacio puso las pautas para entender que Dios no quiere vidas perfectas ni invulnerables, sino que son precisamente nuestras heridas de donde debe brotar agua que dé de beber a otros y fuente de donde broten las caricias de Dios en nuestra historia y en la historia de la humanidad.

En segundo lugar, el legado ignaciano que nos posiciona siempre en las fronteras es signo característico de una espiritualidad al servicio de Dios.

Ignacio fue un hombre que supo leer las necesidades de su tiempo discerniendo lo que debía hacer y saliendo a las fronteras a hacerlo. Su mendigar en Manresa, su peregrinar en Jerusalén y su andar firme y decidido en Roma, nos enseñan que el ser humano no puede ni debe quedarse encerrado en su Torre sino que debe dejarse interpelar por el mundo, a menudo igual de herido que él, dolerse con el dolor ajeno y sufrir el sufrimiento ajeno. Estar en el mundo sin alejarse de él y ahí, en medio de lo contradictorio que puede ser habitarlo, ser hombres y mujeres para los demás.

Sólo el discernimiento confiado y humilde nos pueden decir hacia dónde hay que caminar.

Al final de sus días, enfermo del hígado y con un andar siempre cojo, Íñigo entonces, San Ignacio ahora, cumplió su sueño convirtiéndose en el gran y fiel caballero sirviendo a Su Señor sin importar lo duro de la batalla, sólo que el Reino que defendió, era y es el otro Reino.

TEMA DE LA SEMANA: SAN IGNACIO: EL CABALLERO DE LA FE

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de agosto de 2021 No. 1360