Por P. Prisciliano Hernández Chávez CORC

El nuevo orden del tiempo de Adviento, -los cuatro domingos previos a la Navidad del Señor, se inicia con el Concilio Vaticano II, conforme a la orden del ciclo litúrgico anual (SC 102-111). A partir de las primeras vísperas del Domingo, siguiente a la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo y se concluye en las primeras vísperas de la Navidad.

El tiempo de Adviento tiene una doble connotación: por una parte, es preparación a las solemnidades navideñas, la primera venida histórica del Jesús, el Verbo encarnado; y, por otra, guía también los corazones hacia la espera de la segunda venida del Señor Jesús, al final de la historia. En ambas perspectivas se ha de mantener la ‘abnegación y el gozo’, como elementos distintivos de la ‘espera’. Desde el primer domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre prevalece la dimensión escatológica de la segunda venida del Señor. A partir de los días 17 al 24 de diciembre están ordenados a la preparación inmediata de la Navidad. Sus antífonas son particularmente significativas: son un canto alegre y gozoso ante la inminente venida del Señor.

Adviento, en su significado etimológico, nos pone en la preparación de lo que ‘habrá de venir’. Implica el presente y el futuro de la salvación en Cristo. Se celebra como paradigma fundamental la Encarnación de Cristo, el Hijo eterno del Padre y el Hijo de la Santísima Virgen María, que se orienta a su Nacimiento o Navidad, acontecido ya en la Historia y también es el advenimiento de lo que habrá de acontecer en su segunda venida gloriosa. La liturgia nos permite interiorizar el pasado del A.T., de los Patriarcas, de los Profetas, de los Reyes, de Israel, ante la expectativa del Mesías, de un Salvador y de una redención esperada. El presente indica ya la presencia salvadora de Jesús en el tiempo, centro de la Historia: salvación que acontece. Apunta al futuro de cara la trasformación total del mundo. Tres momentos que se han de tener presentes: el pasado, el presente y el futuro. La salvación tiene un antes: no ha acontecido; se espera. La salvación tiene un presente continuo que se está realizando; la salvación tiene su realización plena en ‘lo que habrá de venir’. Todo centrado en Cristo Jesús, el Centro, Clave y la Norma absoluta de la Historia.

El tiempo en Cristo queda redimido en el presente que tuvo sus antecedentes y un futuro que habrá de venir, en el tiempo y su consumación en la eternidad. Por eso Jesús el Mesías es el mismo ayer, hoy y por los siglos (cf Heb 13,8). Ni el presente, ni el futuro pueden separarnos de él, porque estamos en comunión con él por el Amor (Rom 3,38-39).

Este es un tiempo para crecer en la fe y en la caridad, que fundamentan y dan sentido a nuestra esperanza. No se trata de rememorar hechos del pasado; sino de adherirnos a Cristo Jesús quien es el Acontecimiento de salvación, que llena todos los períodos de la Historia y su gracia nos plenifica en la libertad para con nuestra acción colaborar en hacer presente la acción salvadora del Señor.

Por la Sagrada Liturgia, el Señor se hace contemporáneo a nosotros; el Espíritu Santo lo hace presente en nosotros por mediación de la Iglesia Sacramento de salvación y nos une de modo que nuestro espacio y nuestro tiempo sea pleno de Cristo. Dios en Cristo ha comenzado ya su advenimiento en nosotros y en el mundo. Tiempo que en Cristo llenamos de eternidad. Todo esto llena de gozo y de alegría profunda; aunque es importante ciertas abnegaciones, para estar siempre atentos y vigilantes para el encuentro con el Señor, también en comunión con los pobres y vulnerables.

En una palabra, el Señor Jesús, es el ‘Aviento’, el que habría de venir, el anunciado por los Profetas y el esperado con inefable amor de Madre, por la Santísima Virgen María; el que vino en la humildad de su condición humana; el que viene en la Eucaristía,  en la acción evangelizadora y caritativa de los discípulos y testigos de Cristo; y el que habrá de venir como Hijo del Hombre, con gran poder y majestad, entre la nubes del cielo.

“El Señor Jesús, vino en el pasado, vine en el presente y vendrá en el futuro; por tanto, abraza todas las dimensiones del tiempo, porque ha muerto y ha resucitado, es el “Viviente” y, compartiendo nuestra precariedad humana, permanece para siempre y nos ofrece la estabilidad misma de Dios” (Benedicto XVI, 29 nov 2009).

Los textos de la liturgia del primer domingo de Adviento, nos disponen para el encuentro con el Señor: primera lectura, de Jeremías, el Señor promete, hacer nacer del tronco de David un vástago santo (Jer 33, 14-16). Vástago que hará justicia, al modo divino, que implica su fidelidad a la alianza pactada. La Antigua Alianza anheló, según este texto, el tiempo en el cual el Señor cumplirá su promesa de salvación. Esa salvación prometida, ya es realidad presente en Cristo, el Vástago santo. Es salvación que señala la actuación histórica de Dios.

Los discípulos y testigos de Jesús, son por voluntad del mismo Señor en el Espíritu Santo y en la Iglesia, agentes de salvación.

La segunda lectura de san Pablo a los tesalonicenses (1Tes 3, 12-4,2), manifiesta su deseo que el Señor nos llene y nos haga rebosar de amor mutuo; que él conserve los corazones irreprochables en la santidad, hasta el día en que venga el Señor. Se trata de vivir como conviene para agrada a Dios.

La proclamación del Evangelio de san Lucas ( 21, 25-28.34-36), con el lenguaje de género apocalíptico, nos habla del fin, que es el final sea el parcial de cada época, o de cada uno o el fin absoluto, cuando vendrá el Hijo del Hombre, con gran poder y majestad. Nos invita a ser sobrios y que las preocupaciones de esta vida no entorpezcan la mente. Por eso la importancia de velar y de orar.

Es significativo el llamado que hace Jesús: ‘levantar la cabeza, porque se acerca la liberación’. No se puede vivir en incertidumbres y bajo el peso de tantos problemas sociales, políticos, familiares, eclesiales. Con desalientos y cabezas agachadas. Jesús es nuestra esperanza: hemos de apoyarnos en él. La esperanza es esencial a la existencia cristiana. En todo el tiempo de Adviento se celebra la esperanza; es en cierto modo su tiempo sacramental.

Estar despiertos, significa estar atentos a su venida, a corazón abierto, en lucha continua para que el mundo cambie, y reciba la presencia del Reino, que es la presencia de Jesús en medio de nosotros. Por eso no podemos permanecer indiferentes ante la marcha del mudo. Estamos en la celebración de este primer Asamblea Latinoamericana y del Caribe, para mutuamente escucharnos, escuchar a los pobres y vulnerables, como lo señala el Papa Francisco, al margen de moralismos y clericalismos, que llevan a atomizar la comunidad de Jesús.

Despiertos para vivir de modo lúcido nuestra fe que se profundiza y es fuente de un gran dinamismo; fe que es adhesión a una Persona, Jesús, no a teorías, aunque se implique una doctrina; no a moralismos, aunque implique la ética más elevada en la potenciación de la persona redimida y en gracia, que prolonga en sí el misterio de Jesús.

Sin esperanza se pierde todo. Sí hay problemas, pero no podemos dejarnos dominara por el derrotismo. En comunión con Cristo, por su presencia entre nosotros hemos de vivir el futuro afrontado con carácter optimista. Por supuesto que se tiene que ser realistas para superar situaciones adversas y las grandes dificultades.

Hemos de traer al corazón esas palabras que nos dice Jesús, en estas situaciones: ‘Levanten la cabeza, porque se acerca su liberación’.

Cuando en la vida se satisfacen las apetencias, ahí puede morir la esperanza. Dios nos libre de los satisfechos, que no buscarán nada mejor, ni colaborarán en mejorar su entorno.

Cuando se viven días inaguantables, podemos dar a gracias a Dios, porque eso no durará para siempre.

Termino con unas palabras de Charles Péguy: “La fe ve aquello que es en el tiempo y en la eternidad. La esperanza ve aquello que será en el tiempo y en la eternidad. La caridad ama aquello que es, pero la esperanza ama aquello que será. La fe que prefiero, dice Dios es la esperanza. La esperanza es hermana gemela de la fe, es un modo de creer, es ella misma un confiarse a Dios, sobre todo en vista del propio futuro; no es primariamente esperanza de tener, cuanta esperanza de ser”, cita Cantalamessa (‘La parola e la vita’).

La Santísima Virgen María, la Señora del Adviento,-como Guadalupana quien prepara nuestro Adviento en México y en el mundo,  nos disponga a vivirlo en austeridad, en caridad y con un profundo gozo interior que se manifieste en nuestra alegría, porque el Señor vino, viene y vendrá. ‘El Señor está cerca’.

Imagen de Ranyel Paula en Cathopic