Por Fernando Pascual

Un historiador puede explicar de diferentes maneras los procesos que caracterizan el devenir humano.

  • Puede fijarse en elementos naturales, pues hay catástrofes y epidemias que han debilitado o destruido civilizaciones.
  • Puede fijarse en aspectos económicos, pues el dinero mueve intereses y arma ejércitos, ofrece préstamos y arruina gobiernos.
  • Puede fijarse en aspectos demográficos, pues una baja natalidad ha debilitado a más de un pueblo hasta someterlo al arbitrio de los pueblos vecinos.
  • Puede fijarse en héroes y villanos, en acciones concretas de hombres y mujeres que han provocado situaciones inimaginables y con resultados sorprendentes.
  • Puede fijarse en los aspectos de la vida social de la “gente común”, de esos trabajadores que no parecen destacar pero que sostienen día a día la vida de los pueblos.

Para un historiador que, además, cree en Cristo, la mirada va más lejos de los acontecimientos constatables a lo largo del tiempo para fijarse en una meta eterna.

Porque el historiador cristiano, si lo es realmente, no puede dejar a un lado su convicción de que la Muerte y Resurrección de Cristo han cambiado la historia y han otorgado a todo lo humano una meta definitiva.

Desde luego, en cuanto historiador, controlará documentos, analizará fuentes, seleccionará testimonios, elaborará hipótesis.

Pero en cuanto cristiano sabe que Dios existe, que ha entrado en el mundo con la Encarnación del Hijo, y que hay un destino al que todos somos invitados: el Reino eterno.

Desde la propia fe, el historiador cristiano puede destacar un hilo conductor de todos los acontecimientos, incluso de los más difíciles de explicar: la posibilidad de un progreso continuo de cada hombre y de todos los pueblos, hasta el momento en el que Cristo lo sea todo en todos y se llegue a la plenitud en Dios (cf. Col 3,11; Ef 3,19).

(Estas reflexiones surgen tras la lectura del siguiente ensayo, sobre todo de la parte final: Luis Suárez Fernández, Grandes interpretaciones de la historia, publicado originalmente en 1968, y que ha tenido diversas reediciones).

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay