DISCERNIMIENTO / 5

La quinta catequesis del Papa Francisco sobre el discernimiento se centra en el deseo, que no debemos entender como algo coyuntural y pasajero, sino como algo que dura en el tiempo y guía nuestra vida

Redacción

Después de la oración y el conocimiento de sí, es decir rezar y conocerse a uno mismo, el Papa Francisco habló de otro “ingrediente”, por así decir, indispensable: el deseo. “De hecho, el discernimiento es una forma de búsqueda, y la búsqueda nace siempre de algo que nos falta pero que de alguna manera conocemos, tenemos el olfato”, comenzó diciendo el pontífice.

La brújula

“¿Este conocimiento de qué tipo es? Los maestros espirituales lo indican con el término ‘deseo’, que, en la raíz, es una nostalgia de plenitud que no encuentra nunca plena satisfacción, y es el signo de la presencia de Dios en nosotros. El deseo no son las ganas del momento, no. La palabra italiana viene de un término latín muy hermoso, esto es curioso: de-sidus, literalmente ‘la falta de la estrella’, deseo es una falta de la estrella, falta del punto de referencia que orienta el camino de la vida; esta evoca un sufrimiento, una carencia, y al mismo tiempo una tensión para alcanzar el bien que nos falta”, explica el Papa.

El deseo, agrega, “entonces es la brújula para entender dónde me encuentro y dónde estoy yendo, es más, es la brújula para entender si estoy quieto o estoy caminando, una persona que nunca desea es una persona quieta, quizá enferma, casi muerta. Es la brújula de si estoy caminando o si estoy quieto. ¿Y cómo es posible reconocerlo?”

“¿Quieres ser curado?”

“Llama la atención el hecho de que Jesús, antes de realizar un milagro, a menudo pregunta a la persona sobre su deseo: ‘¿Quieres ser curado?’. Y a veces esta pregunta parece estar fuera de lugar, ¡se ve que está enfermo! Por ejemplo, cuando encuentra al paralítico en la piscina de Betesda. La pregunta de Jesús era una invitación a aclarar su corazón, para acoger un posible salto de calidad: no pensar más en sí mismo y en la propia vida ‘de paralítico’, transportado por otros. Pero el hombre en la camilla no parece estar tan convencido. Dialogando con el Señor, aprendemos a entender qué queremos realmente de nuestra vida”, recuerda Francisco.

“Este paralítico es el ejemplo típico de las personas: ‘Sí, sí, quiero, quiero’ pero no quiero, no quiero, no hago nada. El querer hacer se convierte en una ilusión y no se da el paso para hacerlo. Esa gente que quiere y no quiere. Es feo esto, y ese enfermo 38 años allí, pero siempre con las quejas. No, si os estáis quejando, estad atentos, es casi pecado, porque no deja crecer el deseo”.

No atrofiar el deseo

“La época en la que vivimos parece favorecer la máxima libertad de elección, pero al mismo tiempo atrofia el deseo —quieres satisfacerte continuamente—, que queda reducido a las ganas del momento. Y debemos estar atentos a no atrofiar el deseo”.

“Muchas personas sufren porque no saben qué quieren hacer con su vida; probablemente nunca han tomado contacto con su deseo profundo, nunca han sabido: ‘¿Qué quieres de tu vida?’ – ‘No lo sé’. De aquí el riesgo de trascurrir la existencia entre intentos y expedientes de diversa índole, sin llegar nunca a ningún lado, o desperdiciando oportunidades valiosas”.

“Si el Señor nos dirigiera, hoy, por ejemplo, a cualquiera de nosotros, la pregunta que hizo al ciego de Jericó: «¿Qué quieres que te haga?» (Mc 10,51), —pensemos que el Señor a cada uno de nosotros hoy pregunta esto: ‘¿qué quieres que hago yo por ti?’— ¿qué responderíamos? Quizá, podríamos finalmente pedirle que nos ayude a conocer el deseo profundo de Él, que Dios mismo ha puesto en nuestro corazón: ‘Señor que yo conozca mis deseos, que yo sea una mujer, un hombre de grandes deseos’, quizá el Señor nos dará la fuerza de concretizarlo”.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de noviembre de 2022 No. 1429

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