Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

La sal si se mantiene para sí, pierde su ser de sabor, de condimentar o de preservar de la corrupción de ciertos alimentos, como el jamón serrano o el bacalao; su ser de sal se entiende de cara a salar o preservar. La sal para sí misma, pierde su ser y ya no sirve, sino para ser arrojada a la tierra y ser pisada por la gente. Lo mismo la luz; no es para sí misma, sino para iluminar a los demás; sería un absurdo, una necedad y sin sentido (cf Mt 5, 13-16).

Esto puede acontecer en los cristianos que nos decimos discípulos de Cristo Jesús; podemos acartonar nuestras posturas cristianas y el Evangelio puede ser esterilizado en nuestras vidas.

A veces parece que solo importa lo razonable y lo prudente. No aparecemos como la sal que sala en Cristo, ni el cirio que ilumina con su fuego, Cristo Luz del mundo. Parece que ya no somos presencia viva de Cristo, el Señor. Adolecemos de una fe viva y llameante; estamos lejos de la presencia real, viviente y vivificante del Señor; él es el que nos da la vida de ser para los demás y no vida para sí; vida de caracol, que se encierra ante la problemática paralizante.

¿Dónde está la sal de la tierra, que somos los cristianos? El año pasado se registraron en el país un millón de delitos de toda índole: asesinatos, secuestros, robos, etc. ¿Nada puede  atajar el mal, la corrupción y la impunidad? Los fraudes están a la orden del día como la rapiña de los poderosos enquistados en la política y en otros menesteres.

Hoy nos faltan santos y no viejecitas que se santigüen y exclamen ‘Ave María Purísima’,-que al parecer ya no las hay,  o los lamentos y críticas sin compromiso, de labios para afuera: solo la indiferencia, el miedo y la prepotencia.

Según Harvey Gallager Cox (n.1929  ) el autor de varias obras de impacto como ‘Sociedad Secular’, nos señala que ‘el hombre occidental ha ganado todo el mundo y ha perdido  su alma’. La prosperidad, tiene su lado oscuro; el olvido del ‘otro’, del humano-hermano.

Es lamentable que se hayan perdido espacios de cercanía, de afecto, de convivencia.

La fe en Cristo Jesús, además de su interés y preocupación por el otro, tiene un distintivo festivo que ha declinado en festejos anticristianos, por los excesos.

Recuperar el Evangelio en la vida, implica una fuerza salvadora, sanadora de corazones y de pasión por el servicio a los demás: las buenas obras, y no de solo ‘palabras, palabras, palabras’, – words, words, words, de Shakespeare.

Buenas obras, -no activismo, fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros.

El Dios de los cristianos es el Dios Trinitario, unidad de esencia y trinidad de personas; ninguna de ellas, vive para sí misma; su ser está abierto a la alteridad: la filiación es procedencia respecto del Padre, ese es el Hijo; el Espíritu Santo, procede del Padre y del Hijo, como su mutua y eterna caricia. Como personas divinas son ‘relación subsistente’, -relatio subsistens, relación de apertura esencial al tú que constituyen un nosotros. Cada persona divina existe para las otras; no se da el para sí, cerrado. Este es el fundamento último de la alteridad cristiana: ser para los demás, sal y luz.

 

Imagen de Mohamed Chermiti en Pixabay


 

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